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Edición ilustrada · Para los más pequeños · GRATIS

ZOLARIS
PARA PEQUES

La versión ilustrada de la saga · 7 cuentos · 49 ilustraciones

Una puerta de entrada al universo para niños de 6 a 10 años. Versiones cortas e ilustradas (~3.400 palabras cada una).
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Editorial Zolaris · Guayaquil · 2026

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Libro 1 CHOMPER y el Silenciador · Ignarok Leer → Libro 2 GOOP y el Fondo del Mundo · Aquoris Leer → Libro 3 PIXBOT y el Archivo Perdido · Nexoria Leer → Libro 4 WISP y el Lado Oculto · Umbralith Leer → Libro 5 BLAZE y la Victoria Robada · Auralvyn Leer → Libro 6 ZIGGY y la Caverna Sellada · Cavernak Leer → Libro 7 ZOLARIS La Gran Batalla · Zolaris Leer →
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Universo Zolaris · Libro 1
Portada CHOMPER

CHOMPER

y el Silenciador

Planeta Ignarok
CAPÍTULO 1

IGNAROK

Cap 1 — Ignarok desde el espacio
Cap 1 — Ignarok desde el espacio

En la galaxia Zolaris hay un planeta que nunca duerme.

Se llama Ignarok. No tiene tierra firme ni montañas ni océanos. Solo energía en movimiento. Corrientes de luz que explotan, se rompen y se vuelven a formar todo el tiempo, como si el planeta entero fuera una tormenta que aprendió a ser hogar.

Los habitantes de Ignarok se llaman Gnarak. Son criaturas muy antiguas, muy serias. Llevan miles de años manteniendo el equilibrio del planeta. Para ellos, cada explosión tiene una razón. Cada chispa, un propósito. Cada corriente de luz, un trabajo que hacer.

Y entre todos esos Gnarak ancianos y ordenados, saltando de corriente en corriente sin pedir permiso a nadie, vivía Chomper.

Chomper era azul y peludo. Su pelaje era de un azul eléctrico tan brillante que cuando pasaba cerca de algo apagado, ese algo volvía a encenderse un poquito. Tenía una boca enorme — tan enorme que ocupaba la mitad de su cara — llena de dientes blancos que parecían sonreír todo el tiempo. Y dos ojos grandes naranjas en tentáculos rosados que se movían cada uno por su lado, según su humor. Cuando estaba contento, los dos ojos miraban en direcciones distintas, como si quisieran ver el doble de mundo a la vez.

No tenía pies. Los Gnarak jóvenes no los necesitaban: rebotaban entre las corrientes como si fueran nubes.

Y le encantaba reír.

Reír de los chistes que se contaba a sí mismo. Reír cuando una corriente lo lanzaba más alto de lo esperado. Reír cuando algo era tan bonito que no encontraba otra forma de expresarlo. Reír de la pura alegría de existir en un planeta que sonaba a fuegos artificiales.

El problema era que cada vez que Chomper reía, una ola de energía sacudía Ignarok entero.

Cuando era pequeño, esto era gracioso. Los Gnarak ancianos se miraban y movían la cabeza como diciendo «cosas de niños». Pero Chomper había cumplido cien años — que en Ignarok es apenas la adolescencia — y sus risas ya no eran las de un bebé. Eran tormentas alegres que derribaban torres de cristal cósmico que los ancianos habían tardado siglos en construir.

Y poco a poco, sin que Chomper se diera cuenta del todo, alguien empezó a alejarse cada vez que él reía.



CAPÍTULO 2

EL PROBLEMA

Cap 2 — Chomper triste en corriente apagada
Cap 2 — Chomper triste en corriente apagada

Una mañana, después de una carcajada particularmente fuerte, Chomper despertó y encontró los andamios de la Torre Norte hechos pedazos.

Tres ancianos lo miraban. No le gritaron. No le dijeron nada. Solo lo miraron.

A veces el silencio duele más que un regaño.

A partir de ese día, los Gnarak empezaron a llamarlo de otra forma. No con crueldad. Eso habría sido más fácil de soportar. Lo llamaban con cansancio.

—Ahí viene El Incontrolable —decían en voz baja.

Y se iban moviendo discretamente, cada uno a una corriente distinta, para no estar cerca cuando Chomper soltara la próxima risa.

Chomper lo notó.

No al principio. Pero lo notó.

Y entonces empezó a practicar.

Practicar callarse. Apretarse los tentáculos contra los ojos para no ver lo que era gracioso. Morderse la lengua enorme. Cuando alguien contaba un chiste — que en Ignarok era cosa rara, los Gnarak no son muy bromistas — Chomper miraba al suelo y respiraba muy despacio. Adentro le burbujeaba la risa. Pero la tragaba. La tragaba como si fuera una piedra caliente.

Le dolía.

Una tarde, cuando ya nadie podía verlo, Chomper se sentó solo en una corriente apagada. Las corrientes apagadas en Ignarok son tristísimas: en lugar de azul brillante, son grises y silenciosas, como si se hubieran olvidado de cómo se hacía para brillar.

Chomper miró sus manos pequeñas. Miró los tentáculos de sus ojos, que ya no se movían cada uno por su lado — los dos miraban al piso.

Y por primera vez en sus cien años, lloró sin hacer ruido.



CAPÍTULO 3

BRAKA Y TORVIK

Cap 3 — Braka, Chomper y Torvik
Cap 3 — Braka, Chomper y Torvik

—Llevas cien años creyendo que eres demasiado.

Chomper levantó la cabeza de golpe. No la había visto llegar.

Braka era una Gnarak anciana. Tenía novecientos años, lo cual en Ignarok significaba que había visto nacer y morir tormentas enteras. Su color azul era más profundo que el de Chomper, casi como un cielo justo antes de la noche.

Se sentó a su lado en la corriente apagada. No le preguntó por qué lloraba. No le dijo que no llorara.

—Llevas cien años creyendo que eres demasiado —repitió, y esta vez sí lo miró—. Pero yo he vivido novecientos. Y te digo algo, Chomper: Ignarok nunca ha brillado tanto como desde que llegaste tú.

Chomper no supo qué decir.

—Pero las torres... —empezó.

—Las torres se vuelven a construir —dijo Braka—. Las corrientes apagadas son más difíciles de encender otra vez. Y desde que tú andas por aquí, no se ha apagado ni una sola sin que tú la traigas de vuelta sin darte cuenta.

Le señaló la corriente donde estaba sentado.

Chomper miró abajo.

La corriente, que había estado gris cuando se sentó, ahora tenía un brillo tenue. Pequeñito. Como si estuviera despertando.

—Tu energía no destruye —dijo Braka—. Transforma. El problema no eres tú, Chomper. Es que Ignarok olvidó cómo cambiar.

Las palabras de Braka se quedaron flotando entre los dos, brillando un poquito, como las chispas que él soltaba al reír.

Esa misma noche fue a buscar a Torvik.

Torvik era el mejor amigo de Chomper desde antes de que ninguno de los dos supiera hablar. Era todo lo contrario a Chomper: tranquilo, serio, de voz baja. Cuando Chomper estallaba en carcajadas, Torvik sonreía con los ojos pero casi no hacía ruido.

Por eso eran inseparables.

—Hoy alguien me dijo que mi risa hace brillar las corrientes —contó Chomper, sentándose a su lado.

Torvik lo miró con esa calma suya.

—Cuando explotas de alegría, el planeta brilla más, Chomper. ¿No lo sabías?

—Pero rompo cosas.

—Sí —dijo Torvik—. También. Pero algún día vas a encontrar un lugar donde todos quieran estar cerca de ti cuando explotes. Y cuando lo encuentres, acuérdate de mí.

En el horizonte de Ignarok, muy lejos, algo se movió.

Una sombra que no debería estar ahí.

Ni Chomper ni Torvik la vieron.



CAPÍTULO 4

LA AMENAZA LLEGA

Cap 4 — Grakk el Silenciador
Cap 4 — Grakk el Silenciador

Tres días después, una corriente del sector norte de Ignarok dejó de brillar.

Y no volvió a brillar.

Después se apagó otra. Y después tres más.

Los Gnarak ancianos se reunieron en silencio. Chomper, que pasaba cerca rebotando, los oyó murmurar un nombre que nunca antes había escuchado.

—Grakk.

—¿Quién es Grakk? —preguntó Chomper.

Los ancianos lo miraron. Y por primera vez en cien años, no fue una mirada de cansancio. Fue una mirada de miedo.

Braka apareció esa noche en la corriente donde dormía Chomper. Se sentó a su lado, como la primera vez. Y le contó la historia.

—Vas a creer que te estoy contando una leyenda — empezó—. Pero todas las leyendas son ciertas en su origen. Hace mucho tiempo, antes de tu abuelo, antes del abuelo de tu abuelo, en Ignarok había un Gnarak que era más fuerte que ninguno. Su nombre se aprendía en la escuela como se aprenden ahora los nombres de las estrellas. Era nuestro protector mayor. Tan fuerte que las tormentas se calmaban cuando él respiraba.

Chomper escuchaba sin moverse.

—Una vez, en los bordes del horizonte, apareció algo que no se parecía a una tormenta. No era luz. No era oscuridad. Era una ausencia. En Zolaris la llamamos el Vacío Gris — y no es un lugar, es lo opuesto a un lugar. Es lo que queda cuando las cosas dejan de ser. Nuestro protector pensó que podría estabilizarlo, como estabilizaba las tormentas. Era su trabajo. Pero el Vacío Gris no se estabiliza. Solo se traga lo que se le acerca demasiado.

—¿Y se lo tragó?

—Sí. Pero no entero. Lo dejó suficiente para que pudiera regresar. Y desde entonces nuestro protector ya no protege. Solo absorbe. Y lo que absorbe... no vuelve. Su nombre es Grakk.

Chomper sintió que se le encogía la boca enorme.

Esa misma noche, mientras todos dormían, Chomper sintió un frío que no debería existir en Ignarok.

Se dio la vuelta.

Y ahí estaba.

Una silueta alta, sin contornos claros. Los bordes se le difuminaban en gris. No tenía cara — o sí la tenía, pero parecía hecha de humo que no termina de decidirse. Donde sus pies tocaban la corriente, la corriente se apagaba.

—Ríe ahora, Chomper —dijo Grakk, en una voz que parecía venir de muy lejos—. A ver si puedes.

Por primera vez en cien años, Chomper sintió la risa atascada en la garganta.



CAPÍTULO 5

LA RISA QUE NO SE APAGA

Cap 5 — La risa que no se apaga
Cap 5 — La risa que no se apaga

Grakk extendió lo que serían sus brazos.

El aire alrededor se volvió denso, como una manta gris que cubre todo. Las corrientes cercanas se apagaron una tras otra, con un sonido suave de cosa que se rinde.

Pero eso no fue lo peor.

Lo peor fue lo que pasó adentro de Chomper.

Sus recuerdos felices — las miles de risas que había tenido a lo largo de cien años — empezaron a apagarse también. Como si Grakk no solo absorbiera la luz de afuera, sino también la de adentro.

Chomper recordó vagamente una vez que se había reído tanto que se había caído de una corriente. Pero el recuerdo se volvía gris. Recordó vagamente que alguien le había dicho algo bonito alguna vez. Pero no recordaba qué. Ni quién.

Cerró los tentáculos de los ojos. Los dejó caer hacia abajo, sin fuerza.

Grakk se acercó un paso.

Y entonces, desde algún lugar muy profundo de su enorme pecho, una imagen luchó por aparecer.

Era Torvik.

Una tarde, hace tiempo, los dos rodando entre corrientes, riéndose tanto que ya ni siquiera sabían de qué se reían. El sonido de Torvik riéndose era raro porque casi nunca lo hacía, y por eso se reían más, porque escuchar reír a Torvik era el chiste mismo.

Grakk se detuvo. Esa memoria no se apagaba.

Trató de absorberla otra vez.

No pudo.

Y entonces apareció otra imagen, sin que Chomper la llamara. Era Braka, sentada a su lado en la corriente apagada. «Ignarok nunca ha brillado tanto como desde que llegaste tú». Las palabras llegaron exactamente como las había dicho. Con su voz, con su pausa, con el silencio entre cada frase.

Esa memoria tampoco se apagaba.

Grakk retrocedió un paso.

Por primera vez, algo no le obedecía.

Chomper sintió que el pecho se le calentaba. Las corrientes del recuerdo se volvían más fuertes que la manta gris. Los tentáculos de sus ojos se levantaron despacio. Uno miró a Grakk. El otro miró al cielo de Ignarok.

Y la risa llegó.

No la planeó. No la eligió. Llegó como llegan las olas: sin pedir permiso.

Pero no era una risa cualquiera.

Era la suma de cada momento feliz que alguien le había regalado en cien años. Era la risa de Torvik aquella tarde. Era la sonrisa de Braka. Era la primera vez que había rebotado en una corriente alta. Era todo a la vez.

Y era enorme.

—¡JAJAJAJAJAJAAAA!

La carcajada salió tan fuerte que Ignarok tembló. Las corrientes apagadas se encendieron una tras otra, en oleadas, como si despertaran de un sueño largo. La manta gris de Grakk se rompió en mil pedazos de niebla, y los pedazos se fueron disolviendo sin saber qué hacer.

Grakk levantó lo que serían sus manos para protegerse. No pudo. La risa lo atravesaba sin lastimarlo y sin retroceder.

—Los recuerdos no son energía —dijo Chomper, sin entender muy bien por qué lo decía—. Son algo más.

Grakk no contestó.

Pero por un segundo, uno solo, una de sus sombras pareció acordarse de haber sido luz.

Y se retiró. Despacio. Hacia las corrientes oscuras del horizonte.



CAPÍTULO 6

LA SEÑAL

Cap 6 — Chomper y Torvik miran el cielo
Cap 6 — Chomper y Torvik miran el cielo

A la mañana siguiente, Ignarok estaba más tranquilo de lo habitual.

Las corrientes brillaban de un azul un poco distinto — más cálido, como si hubieran aprendido algo. Los Gnarak ancianos lo miraban al pasar, y esta vez la mirada era otra. No de cansancio. Algo entre el agradecimiento y la sorpresa, que en un Gnarak anciano es casi lo mismo.

Pero Chomper no se sentía igual.

Esa noche, recostado en su corriente favorita, sintió algo que en sus cien años nunca había sentido.

No era miedo.

No era tristeza.

No era ni siquiera felicidad, exactamente.

Era una especie de anhelo.

El deseo profundo de algo que no tenía nombre. De un lugar que no conocía. De criaturas que no había visto. No podía ser nostalgia, porque no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido. Pero se le parecía mucho.

Y venía del cielo.

Como si una de las estrellas estuviera llamándolo. No con sonido. No con luz. Con emoción.

Fue a buscar a Torvik.

—¿Lo sientes? —preguntó Chomper.

—Lo siento desde hace ochenta años —dijo Torvik, sin sorpresa—. Solo estaba esperando que tú lo sintieras también.

Chomper se quedó callado mucho rato. Eso para él era nuevo. Quedarse callado.

—Tengo que irme, ¿no?

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo no. Ignarok me necesita. A ti te necesita otra cosa.

Chomper sintió que se le humedecían los tentáculos de los ojos. Trató de no llorar. No lo logró del todo. Pero lo intentó tanto que Torvik se rio. Y entonces Chomper se rio también. Y por primera vez una risa de Chomper no rompió nada.

—Llevarte a ti me llevo —dijo Chomper—. Aunque no vengas.

—Eso espero —dijo Torvik.

Chomper saltó. Lo hizo con todas sus fuerzas, como había aprendido a saltar entre corrientes cuando era pequeño. Pero esta vez no rebotó: subió. Subió y subió, hasta atravesar la atmósfera de Ignarok con la sonrisa más grande de la galaxia.

Y se fue.

Irse de un lugar que amas no significa abandonarlo. Significa llevarlo contigo.



CAPÍTULO 7

HAPPY LAND

Cap 7 — Chomper solo en Zolaris
Cap 7 — Chomper solo en Zolaris

El viaje fue corto y largo al mismo tiempo.

Corto porque Chomper no recordaba haber visto las estrellas pasar. Largo porque cuando llegó, sintió que llevaba años de camino — años buenos, no años duros.

Aterrizó en un planeta que no estaba en ningún mapa.

Lo primero que notó fue que ahí había tierra firme. Una cosa rarísima para alguien que se había criado entre corrientes de pura energía. Apoyó las manos en el piso. Era duro. Y cálido. Y olía a algo que no sabía nombrar pero le gustaba.

Lo segundo que notó fue el cielo: era de varios colores a la vez. Rosa hacia un lado, naranja hacia el otro, dorado en el medio. Como si el planeta no hubiera decidido todavía qué quería ser.

Lo tercero que notó fueron las estructuras.

Estructuras inflables enormes. Toboganes gigantes que parecían subir hasta las estrellas. Castillos de colores. Laberintos blandos. Un mundo entero hecho para rebotar — y Chomper, que había rebotado toda su vida, sintió por primera vez que un lugar había sido pensado para él.

Pero no había nadie.

Chomper miró a un lado. Miró al otro. Recorrió con los tentáculos de sus ojos los castillos vacíos, los toboganes silenciosos, los laberintos sin nadie que se perdiera en ellos.

Estaba solo.

Por un momento sintió el frío de Ignarok otra vez — esa sensación de no encajar, de haber llegado tarde, de haber llegado al lugar equivocado. Pensó en Torvik. Pensó en Braka.

Y entonces, de alguna parte que no era del aire ni del suelo, sintió una voz que no era voz. Una emoción que decía sin palabras: «vienen».

No estaban todavía.

Pero venían.

Chomper se sentó en el borde de un tobogán, dejó que sus tentáculos se relajaran a cada lado, y empezó a esperar. No le importó esperar. Por primera vez en cien años, esperar no era un castigo. Era prepararse.

Una placa al lado de los toboganes decía:

HAPPY LAND

Donde la diversión comienza

Chomper la leyó tres veces. La tercera se rio, bajito al principio, después más fuerte. Y la risa, en lugar de derribar nada, hizo que los castillos inflables se inflaran un poquito más, como si el planeta también estuviera contento de tenerlo ahí.

Iba a esperar el tiempo que hiciera falta.

Sabía, sin necesidad de pruebas, que llevaba cien años buscando este lugar.

Y ahora le tocaba a este lugar buscarlos a los otros cinco.


Chomper aprendió que su alegría no era un defecto.

Que ser diferente no significa estar equivocado.

Y que para encontrar tu lugar en el universo, primero tienes que atreverte a salir de tu planeta.


Próximamente...

LIBRO 2

GOOP Y EL FONDO DEL MUNDO

*En un planeta de pura agua, una criatura verde

descubre que en el fondo del océano hay algo

que no debería estar ahí.*


Universo Zolaris · Libro 2
Portada GOOP

GOOP

y el Fondo del Mundo

Planeta Aquoris
CAPÍTULO 1

AQUORIS

Cap 1 — Aquoris
Cap 1 — Aquoris

En la galaxia Zolaris hay un planeta que no tiene tierra firme.

Se llama Aquoris. Es agua hasta abajo. Capas y capas de océano, una encima de otra, cada una con su propio color. Verde claro arriba, donde la luz toca y los peces brillan. Turquesa en el medio, donde el agua se vuelve más fría. Y azul muy profundo abajo del todo, donde nadie ha bajado nunca a ver qué hay.

Los habitantes de Aquoris se llaman Flurk. No tienen huesos. No tienen piel. Son agua viva, con forma. Pueden ser estrella, gota, espiral, óvalo, lo que quieran. Hablan poco con palabras: prefieren hablar cambiando de forma. Cuando un Flurk se pone redondo significa que está contento. Cuando se hace fino y largo significa que algo le interesa. Cuando se queda quieto, eso significa que algo le importa de verdad.

Y entre todos esos Flurk que cambiaban con calma, había una que cambiaba demasiado.

Se llamaba Goop. Tenía nueve años Flurk. Era de un verde gelatinoso, brillante, con tres ojos en tallos cortos que apuntaban siempre en distintas direcciones. Su sonrisa parecía pintada — estaba ahí estuviera ella alegre o triste.

Lo que Goop hacía mejor que nadie era jugar a ser cosas.

Hoy era una flor de coral. Mañana, una burbuja gigante. Pasado, el molde exacto de la roca verde donde se había apoyado. A los Flurk les gustaban estos juegos. Pero había una regla no escrita en Aquoris: al final del día, vuelves a tu forma propia. Para que los demás te reconozcan. Para que tú te reconozcas.

Goop, a veces, no recordaba cuál era su forma propia.

Esa tarde, su mejor amiga Splurp le hizo una pregunta que Goop no supo contestar:

—Goop, ¿cuál es tu forma de verdad?



CAPÍTULO 2

LA QUE NO SABE

Cap 2 — Goop en las capas profundas
Cap 2 — Goop en las capas profundas

Goop intentó contestar. De verdad lo intentó.

Probó ser una gota grande. ¿Era así? La gota se sentía rara, demasiado pesada. Probó un óvalo. ¿O era así? El óvalo no encajaba tampoco. Cuanto más se esforzaba, más rápido cambiaba — como si su cuerpo huyera de la pregunta.

Splurp esperó pacientemente. Esperó horas. Pero al final también se cansó.

—Está bien —le dijo Splurp—. Ya me dirás cuando te acuerdes.

A partir de ese día, los Flurk mayores empezaron a llamarla con un nombre nuevo.

—Ahí va la que no sabe.

No lo decían con maldad. Lo decían con una mezcla de cariño y lástima, como si Goop fuera un Flurk a medio terminar. Como si le faltara algo que los demás sí tenían y ella no.

Goop hizo un experimento desesperado.

Decidió no cambiar durante tres días enteros. Si la quietud era su forma de verdad, la encontraría así. Se quedó tan quieta como una piedra. Una piedra verde gelatinosa. Pero ser piedra no era ser Goop — era ser piedra. Después de tres días sintió que se estaba olvidando de sí misma de otra manera, peor, y se movió.

Y cuando se movió, ya no sabía si quería ser flor, o gota, o nada.

Esa noche se hundió.

Bajó atravesando las capas verdes, después las turquesas, hasta llegar a una capa profunda donde la luz apenas alcanzaba. Ahí abajo el agua era fría y silenciosa. No había Flurk. No había peces. Era el tipo de soledad que se elige cuando duele estar acompañado.

Goop se quedó flotando, gris-verde, casi sin color, deseando ser cualquier otra cosa menos Goop.



CAPÍTULO 3

EL VIEJO MURK Y SPLURP

Cap 3 — Murk, Goop y Splurp
Cap 3 — Murk, Goop y Splurp

—La pregunta está mal hecha.

Goop levantó dos de sus tres ojos. El tercero siguió mirando al suelo, demasiado cansado para moverse.

Frente a ella había un Flurk como ninguno que hubiera visto. Su forma no era una gota, ni una estrella, ni nada conocido. Era algo a medio camino entre todo. Verde con tonos azules y plateados, como si hubiera sido cinco Flurk distintos y se hubiera quedado con un pedacito de cada uno.

Era el Viejo Murk. Vivía en las capas profundas. Los Flurk jóvenes le tenían miedo porque parecía «incompleto». Goop estaba demasiado triste para tener miedo.

Murk no le preguntó qué hacía ahí abajo. No le pidió explicaciones. Solo se quedó flotando a su lado, sin moverse, durante mucho rato.

Después dijo, sin mirarla:

—Te preguntaron «¿cuál es tu forma de verdad?» como si tu verdad fuera una sola forma. Pero tú no eres una forma, Goop. Eres lo que vuelve.

Goop movió uno de sus tallos hacia él.

—¿Lo que vuelve?

—Cada vez que cambias y después dejas de cambiar, lo que queda eres tú. Esa es tu forma de verdad: la que aparece cuando dejas de intentarlo.

Goop se quedó pensándolo mucho tiempo. Murk no la apuró.

—Pero, ¿y si nunca dejo de intentarlo?

—Entonces nunca te conoces —dijo Murk—. Y eso, querida Goop, sería una verdadera pena.

Se fue tan despacio como había llegado.

Goop subió de vuelta a las capas verdes. No sabía qué pensar todavía, pero por dentro algo había cambiado un poco. Como cuando estás muy cansado y alguien te dice que puedes descansar y de repente respiras distinto.

Splurp la estaba esperando.

—Estaba preocupada —dijo Splurp, sin esconder que le temblaba la voz—. Pensé que te habías ido a las capas oscuras para siempre.

Goop la miró. Y por primera vez en muchos días, dejó de cambiar.

Splurp se quedó mirándola.

—Esa —dijo Splurp, despacio—. Esa es Goop. La que se queda quieta cuando algo le importa.

Goop no supo qué contestar. Así que no contestó. Se quedó así, sin moverse, mucho rato.

Esa noche, en una capa más profunda de lo que Murk había explorado jamás, algo se movió.

Algo enorme.

Y ni Goop ni Splurp lo vieron.



CAPÍTULO 4

VORAX

Cap 4 — Vorax el Imitador
Cap 4 — Vorax el Imitador

Tres días después, apareció en las capas medias un Flurk joven sin forma.

No era una gota. No era una estrella. No era nada. Solo una mancha grisácea que se iba deshaciendo despacio, perdiéndose en el agua como si nunca hubiera tenido nada que sostener.

Los Flurk mayores se asustaron. Lo escondieron en las capas profundas, lejos de los niños. Susurraban un nombre que Goop no había oído nunca.

—Lo perdió Vorax.

—Le robó la identidad.

Goop fue corriendo a buscar al Viejo Murk.

—¿Quién es Vorax?

Murk se quedó callado mucho rato antes de contestar. Cuando lo hizo, no contestó como un mentor — contestó como un Flurk muy viejo que recuerda algo difícil.

—Hace tantísimos años, Goop, que ya casi nadie lo cuenta. Había un Flurk talentoso, talentoso como ninguno. Cambiaba de forma con tal precisión que podía imitar a cualquier otro Flurk sin que se notara. Le aplaudían. Le pedían imitaciones en las reuniones. Era el alma de las capas medias.

Murk dejó pasar un silencio.

—Lo que nadie sabía es que en el fondo era muy tímido. Y que las imitaciones, al principio, eran su escondite. Cuando se hizo famoso, se acostumbró a no ser él. Se le olvidó su voz, su forma original, hasta su nombre. Hasta que un día, intentando ser una forma que no era de ningún Flurk — una forma que vio en el borde mismo de Aquoris, en una corriente que no se parecía a ninguna otra — algo lo tocó.

—¿Qué?

—Una cosa que en Zolaris llamamos el Vacío Gris. No es un lugar. Es una ausencia. La ausencia de todo lo que hace que las cosas sean cosas. Vorax pensó que podía absorberla y darle forma, como había hecho siempre. Pero el Vacío Gris no es una forma. Es no tener forma. Y eso fue lo que le pasó. Desde entonces solo puede ser lo que les roba a los demás. Como no tiene la suya propia, vive comiendo las de los otros.

Goop sintió frío en las tres puntas de sus ojos.

—¿Y los Flurk que él roba?

—Quedan vacíos. Como ese que viste hoy.

Esa misma tarde, Goop salió a nadar a las capas medias. Quería pensar. Pero antes de poder pensar mucho, lo vio.

Vorax.

Estaba en medio del agua, moviéndose sin parar. Cambiando todo el tiempo. Pero los cambios no eran juegos como los de Goop — eran hambre. Una forma se le caía y agarraba otra. Y otra. Y otra. Sin descanso, sin alegría, sin centro.

La miró. O algo parecido a mirarla, porque Vorax no tenía ojos fijos.

—Tú cambias mucho —dijo. Y la voz era espantosa: era la voz de Splurp y la del Viejo Murk a la vez, mezcladas, robadas a los dos—. Vas a ser fácil.

Por primera vez en su vida, Goop sintió que no quería cambiar.



CAPÍTULO 5

LO QUE VUELVE

Cap 5 — La forma verdadera de Goop
Cap 5 — La forma verdadera de Goop

Vorax extendió lo que serían brazos. Sin forma fija, pero igual de largos.

La tocó.

Goop sintió que algo tiraba de ella. No del cuerpo — de algo más adentro. Era como cuando alguien tira de un hilo y poco a poco se va deshilachando un suéter. Pero el suéter era ella.

Sus formas favoritas empezaron a irse hacia Vorax. La forma de flor de coral, primero. Después la de burbuja gigante. Después la del molde de roca. Cada una era un recuerdo de algún día contento, y cada una le dolía perderla.

Goop hizo lo único que sabía hacer.

Cambió.

Cambió rapidísimo. Pasó a ser una estrella, una gota, un espiral, una nube de polvo, todo en segundos. Pensó que así escaparía. Pero fue peor. Cada nueva forma se la tragaba Vorax sin esfuerzo. Cuanto más cambiaba, más le quitaba.

Justo cuando casi no le quedaba nada — cuando estaba a punto de quedarse vacía como el Flurk que había visto antes — una voz apareció dentro de ella. No de afuera. De adentro.

«Tú no eres una forma. Eres lo que vuelve.»

Era la voz del Viejo Murk. Pero esta vez Goop la entendió.

Vorax podía robar formas. Las formas eran como cáscaras. Eran fáciles de quitar.

Pero ella no era sus formas.

Y entonces Goop hizo algo que nunca había hecho. Algo que iba contra todo lo que era ser Flurk.

Dejó de cambiar.

No para ser una piedra. No para fingir que era otra cosa. Solo dejó de cambiar. Y su cuerpo, sin que ella se lo pidiera, se asentó en una forma que ni siquiera ella había visto antes.

No era una gota perfecta.

No era una estrella simétrica.

Era irregular. Asimétrica. Con uno de los ojos un poquito más arriba que los otros. Con un costado más redondo y el otro más recto. Era rara. No encajaba en ninguna palabra.

Era Goop.

Era su forma de verdad. La que aparece cuando dejas de intentarlo.

Vorax intentó absorber esa forma también. No pudo. Porque no era una forma — era una Goop entera. Y las Goop enteras no se dejan absorber.

—Yo no soy mis formas —dijo Goop, sin moverse ni un milímetro—. Yo soy lo que queda cuando todas las formas se van.

Vorax retrocedió.

Y por un instante, uno solo, una forma diferente apareció encima de su mancha gris. Era pequeña. Verde. Tímida. Un Flurk joven, antes de absorber el Vacío Gris. La forma duró un parpadeo y se la tragó la oscuridad otra vez.

Vorax se hundió. Despacio. Hacia las capas más profundas. Confundido por primera vez en mucho tiempo.



CAPÍTULO 6

LO QUE HAY EN EL FONDO

Cap 6 — La caja del fondo
Cap 6 — La caja del fondo

Cuando todo terminó, los Flurk salieron de sus escondites.

Splurp llegó nadando tan rápido que casi se choca con ella.

—¡Estás entera! ¡Estás entera!

—Estoy entera —dijo Goop. Y sonrió.

El Viejo Murk asintió desde su rincón, sin hacer ningún gesto grande. Solo asintió. Para Murk eso era casi una celebración.

Pero antes de irse, Vorax había dejado algo.

En las capas más profundas — más abajo de donde nadie había bajado nunca, más abajo incluso de donde vivía Murk — se veía un resplandor extraño. Goop, ahora que era valiente, se hundió a mirar.

Cuando llegó al fondo, encontró una caja.

No era una caja Flurk. No era de Aquoris.

Estaba hecha de un material duro que en Aquoris no existía. Tenía marcas en la tapa, marcas que parecían letras, pero no eran letras de ningún idioma que Goop hubiera oído nombrar. Parecía estar esperando ser abierta. Como si llevara mucho tiempo esperando.

Goop no la abrió.

Algo dentro de ella, la misma cosa que la había vuelto Goop entera, le dijo que esa caja no era para ella sola. Era para todos. Y todos no estaban allí todavía.

Subió de vuelta a las capas verdes.

Esa noche, flotando en su capa favorita, Goop sintió algo que no había sentido nunca. No era miedo. No era alegría. Era anhelo — el deseo profundo de algo que no tenía nombre. De un lugar que no conocía. De criaturas que no había visto.

Venía del cielo.

Y le decía, sin palabras: «ven».

Buscó a Splurp por última vez.

—¿Vas a volver? —preguntó Splurp.

—No lo sé.

Splurp se quedó un momento en silencio. Después le dio una de sus puntas de estrella, una bien firme y bien cariñosa.

—Entonces vete tranquila —dijo Splurp—. Lo que vuelve, vuelve.

Goop subió. Atravesó todas las capas verdes y turquesas. Cuando llegó a la superficie no se detuvo: siguió subiendo, atravesó el aire que para ella era lo más raro del mundo, y salió de Aquoris con tres ojos llenos de lágrimas saladas y una sonrisa entera.

En el fondo del mar se queda lo que pesa.
En el viaje se lleva lo que es de uno.


CAPÍTULO 7

HAPPY LAND

Cap 7 — Goop llega a Zolaris
Cap 7 — Goop llega a Zolaris

El viaje fue corto y largo a la vez.

Corto porque Goop no recordaba haber visto las estrellas pasar. Largo porque cuando llegó, sintió que llevaba mucho tiempo viajando — un tiempo bueno, no un tiempo difícil.

Cuando abrió los ojos — los tres a la vez — supo que ya había llegado.

Lo primero que la asombró: el agua aquí no la rodeaba. Estaba en charcos. En charcos pequeños, brillantes, que reflejaban los colores del cielo. Los Flurk no se imaginaban un agua así: separada, quieta, en pedazos.

Lo segundo que notó fueron los olores. Olores nuevos, dulces, raros. Y los sonidos: el aire haciendo ruido al moverse, las cosas crujiendo bajo el peso de algo.

Lo tercero — y lo más raro de todo — fueron las estructuras.

Toboganes enormes que parecían bajar desde las nubes. Castillos de colores inflables, blandos, perfectos para rebotar. Túneles de tela. Un cielo de varios colores, sin decidirse del todo entre el rosa, el naranja y el dorado.

Y en el borde de uno de los toboganes, una criatura azul eléctrica estaba sentada esperando.

Tenía la boca enorme. Dos ojos en tentáculos que se movían cada uno por su lado. Y sonreía como si llevara años practicando esa sonrisa.

—Yo también acabo de llegar —dijo Chomper, sin presentarse, como si llevara mucho rato preparando esa frase—. Llevo un rato esperando a alguien para no estar solo.

Goop lo miró con sus tres ojos a la vez.

Y por primera vez en su vida, no cambió de forma para encajar con alguien.

Se quedó como estaba. Irregular. Asimétrica. Verde. Entera.

Chomper la miró un momento con los dos tentáculos quietos, cosa que en él era rarísima. Después dijo:

—Me gusta esa forma. ¿Es la tuya de verdad?

—Sí —dijo Goop.

Y supo, sin necesidad de pruebas, que ese era el lugar del que llevaba meses sin saberlo.


Cuando los Flurk de Aquoris cuentan ahora la historia de Goop, no dicen «la que aprendió a quedarse quieta». Dicen otra cosa, más sencilla:

«Goop fue la que entendió que ser todo era no ser nadie. Y que su forma rara — la que solo aparecía cuando no la perseguía — era la única que se quedaba.»

A los Flurk pequeños les gusta mucho esa historia.

Sobre todo a los que cambian demasiado.


Próximamente...

LIBRO 3

PIXBOT Y EL ARCHIVO PERDIDO

*En un planeta donde todo se calcula y nada se siente,

un pequeño robot descubre un dato que no figura

en ningún sistema. Y no puede dejar de pensarlo.*


Universo Zolaris · Libro 3
Portada PIXBOT

PIXBOT

y el Archivo Perdido

Planeta Nexoria
CAPÍTULO 1

NEXORIA

Cap 1 — Nexoria
Cap 1 — Nexoria

En la galaxia Zolaris hay un planeta que se ve, desde el espacio, como un tablero de luz.

Se llama Nexoria. No tiene montañas ni océanos ni nubes. Su superficie entera está cubierta de líneas brillantes que forman una cuadrícula perfecta, como las casillas de un juego de mesa, pero del tamaño de un mundo. Cada cruce de líneas es una estación de datos. Cada línea es un camino por donde viaja la información.

Los habitantes de Nexoria se llaman Kronik. Tienen cuerpos geométricos hechos de partes que encajan con precisión. No hablan con sonidos: se comunican en datos puros, paquetes pequeños de información que viajan por los caminos de luz. Para los Kronik, dos más dos siempre son cuatro. Una respuesta siempre es una respuesta. Un cálculo nunca se equivoca.

Y entre todos esos Kronik exactos y precisos, había uno que se equivocaba todo el tiempo.

Se llamaba Pixbot. Tenía diez años Kronik. Su cuerpo era de un azul cielo bonito, metálico, con esquinas suaves en lugar de cantos rectos como los demás. En la parte de arriba de su cabeza tenía dos pequeñas antenas amarillas rematadas con bolitas brillantes, que vibraban cuando captaba algo interesante. Donde otros Kronik tenían una cara fija, Pixbot tenía una pantalla rectangular que cambiaba todo el tiempo. Mostraba caritas pequeñas: una sonrisa cuando algo le gustaba, dos ojos abiertos cuando algo lo sorprendía, una boca curva hacia abajo cuando algo lo entristecía.

Los Kronik no debían tener caritas en sus pantallas.

Las pantallas debían mostrar datos.

—Otra vez con eso —decía el técnico-jefe, cada vez que Pixbot pasaba por revisión—. ¿No puedes apagar el módulo?

—No sé cuál es —contestaba Pixbot, encogiéndose un poquito en sus articulaciones.

—Lo hemos intentado borrar tres veces. Vuelve siempre. Como si tuviera vida propia.

Pixbot no entendía por qué los demás Kronik podían ver una estrella en el cielo y solo calcular su distancia. Para él, calcular la distancia y sentir algo eran la misma cosa. Ver la estrella le hacía algo por dentro, algo que su pantalla traducía en un amarillo tenue, y solo entonces calculaba cuántos kilómetros había. El cálculo venía después del amarillo. Nunca antes.

A esto, los Kronik mayores lo llamaban «ruido del sistema».

A Pixbot le sonaba feo. El ruido era algo que molestaba. Lo suyo no le molestaba a él — solo a los demás.



CAPÍTULO 2

ERROR EN EL SISTEMA

Cap 2 — Pixbot al borde de la cuadrícula
Cap 2 — Pixbot al borde de la cuadrícula

La revisión anual llegó.

Todos los Kronik pasaban por ella, una vez al año, para asegurarse de que el sistema central estaba funcionando bien. El técnico-jefe miró los datos de Pixbot. Frunció algo que en un Kronik se llamaría ceño.

—Otra vez —dijo—. Mira esto.

Le mostró a Pixbot un gráfico. Cada vez que algo «emocional» pasaba en su circuito interno, subía un pico. Los picos eran muchos. Demasiados. Más que el año pasado.

—¿Es malo? —preguntó Pixbot, con voz pequeña.

—Es ruido —dijo el técnico—. Hemos intentado borrarlo tres veces. ¿Quieres que lo intentemos otra vez?

Pixbot pensó. Pensó mucho. Y mientras pensaba, su pantalla mostró una carita confundida.

—No lo sé —contestó al fin.

A partir de esa revisión, los Kronik empezaron a llamarlo «el modelo defectuoso». No con maldad — con resignación, como cuando alguien rompe una taza sin querer y se le perdona pero ya no le piden ayuda con las tazas. Algunos Kronik jóvenes se reían disimuladamente cuando lo veían pasar, aunque las risas de los Kronik son tan secas que casi no se notan.

Una noche, en su rincón de carga, Pixbot decidió hacer un experimento.

Apagó el módulo donde creía que vivía su «error». Buscó dentro de sí mismo el circuito que producía los amarillos y los azules y los rosas en su pantalla, y lo desconectó.

Inmediatamente sintió la diferencia.

El mundo se volvió plano.

Una estrella era una estrella, sí — pero ya no le hacía nada. Un fractal hermoso era un patrón matemático, sin más. Un Kronik amigo era un conjunto de datos. Calculó, calculó, calculó. Calculaba bien. Calculaba rápido. Pero calcular sin sentir era como mirar el mundo a través de una ventana cerrada con llave.

Lo encendió otra vez al cabo de unos minutos.

No quería ser plano.

Esa noche se quedó en el borde más alejado de la cuadrícula, donde las líneas se desvanecen y empieza el cielo abierto, mirando una estrella concreta y lejana. Calculó su distancia: doscientos veinte años luz. Y al mismo tiempo, su pantalla se puso amarilla. No supo por qué.

Y por primera vez en su vida, pensó que calcular sin sentir no era calcular del todo.



CAPÍTULO 3

ZIX

Cap 3 — Zix y Pixbot
Cap 3 — Zix y Pixbot

—Calculas raro.

Pixbot no la había visto llegar.

Frente a él había otra Kronik, un poco mayor, con un cuerpo más anguloso y una pantalla más grande. La pantalla mostraba, en ese momento, un signo de interrogación que iba y venía.

—Calculas raro —repitió—. Me gusta.

Pixbot no supo qué responder. En Nexoria, decir que algo «te gustaba» era casi tan raro como tener una carita en la pantalla.

—Yo me llamo Zix —siguió ella, sin esperar a que él reaccionara—. Llevo años observándote desde lejos. Me dije: o ese Kronik está completamente roto, o sabe algo que los demás no.

—Estoy roto —dijo Pixbot, automáticamente.

—Hmm —dijo Zix, lo cual en Kronik significa «vamos a ver»—. ¿Y por qué te dejas ver tan abiertamente?

—No sé fingir. Es más eficiente no fingir.

Zix se rio. La risa de un Kronik es un pitido raro, breve, como si el sistema soltara aire que no le hacía falta. Casi nadie en Nexoria producía ese sonido. Era hermoso justamente por eso.

—Mira, Pixbot —dijo Zix, sentándose a su lado (los Kronik no se sientan, pero detuvieron sus rueditas, que era lo más cercano)—. Yo también lo tengo. El «ruido». Lo que pasa es que aprendí a esconderlo. Llevo cinco años haciendo de Kronik normal cuando alguien me mira. Pero por dentro: pantalla amarilla cada vez que una estrella es bonita. Pantalla azul cada vez que un sistema se cae. Pantalla rosa cada vez que conozco a alguien que me cae bien.

—¿Ahora qué color tienes? —preguntó Pixbot, con curiosidad.

Zix giró un poco su cuerpo para que él viera.

Rosa.

—Lo que tú y yo tenemos no es un error —dijo Zix, en voz baja, como quien comparte un secreto importante—. Es un módulo de lectura. Los Kronik normales calculan datos. Tú y yo calculamos datos y lo que significan. Es más lento, sí. Es más complicado. Pero a veces es lo único que ve la verdad.

Pixbot guardó esa palabra. Módulo de lectura. Era la primera vez en sus diez años que alguien le ponía un nombre lindo a su problema.

Esa misma noche, en el sistema central de Nexoria, apareció un archivo.

Nadie lo había subido.

Su código no figuraba en ningún registro.

Y su fecha de creación era tan rara que el sistema empezó a parpadear, como si no supiera qué hacer con ella.



CAPÍTULO 4

NULL

Cap 4 — Null el Borrador
Cap 4 — Null el Borrador

—¿Lo viste?

Zix llegó a la mañana siguiente con su pantalla mostrando varios signos de exclamación.

—¿Ver qué?

—El archivo. El que apareció en el sistema central. Nadie sabe quién lo subió. Nadie sabe qué es. El sistema lo rechaza cada cinco minutos y a los cinco minutos vuelve. Como si tuviera vida propia.

Fueron juntos a verlo. El Viejo Kronik del archivo — un Kronik antiquísimo, con la pantalla rayada de tantos años de uso — los recibió con una carita de preocupación.

—No deberíais estar aquí —les dijo.

—Pero estamos —contestó Zix.

El Viejo Kronik suspiró (un suspiro de Kronik es un ventilador interno que se enciende dos segundos y se apaga). Y les habló.

—Hay alguien que quiere borrar ese archivo. Lleva tiempo intentándolo. Se llama Null.

—¿Quién es Null? —preguntó Pixbot.

El Viejo Kronik se quedó callado un rato. Lo que les contó después no se lo había contado a nadie.

Null no era un Kronik cualquiera. Hubo un tiempo, hace generaciones, en que fue el mejor archivista de Nexoria — capaz de organizar billones de datos en segundos, capaz de borrar la basura para que el sistema corriera más rápido. Era admirado por todos. Pero un día, mientras borraba archivos antiguos, encontró una corriente extraña venida de los bordes de la galaxia. Una corriente que en Zolaris se llama Vacío Gris. No es un lugar. Es lo opuesto a un lugar — es lo que queda cuando las cosas dejan de ser.

Null intentó borrarla. Como borraba la basura.

Pero el Vacío Gris no era basura. Y no se dejó borrar.

Lo borró a él.

—Desde entonces —dijo el Viejo Kronik— Null no puede distinguir basura de tesoro. Solo puede consumir. Empezó borrando datos viejos. Después archivos importantes. Y ahora… ahora consume recuerdos. Los recuerdos emocionales de los Kronik. Para llenar los suyos, que se le perdieron.

Pixbot sintió que su pantalla se ponía gris sola, sin que él la pintara.

Y en ese mismo momento, en el rincón más alejado de la cuadrícula, una mancha de estática empezó a avanzar.

Sin prisa.

Sin ruido.

Cada paso suyo apagaba una línea de la cuadrícula.

—El archivo es ruido —dijo una voz, y la voz era plana, sin amarillo, sin azul, sin nada—. Voy a borrarlo. Y a ti también, modelo defectuoso. Eres ruido.



CAPÍTULO 5

LEER LO INVISIBLE

Cap 5 — El archivo abierto
Cap 5 — El archivo abierto

Pixbot intentó calcular una defensa.

Buscó en sus archivos internos. Algoritmos antivirus. Protocolos de defensa. Sistemas de bloqueo. Pero todos sus algoritmos estaban pensados para errores que entran al sistema, no para ausencias que avanzan apagando todo a su paso.

Null se acercó otro paso. Otra línea de cuadrícula se apagó.

—Pixbot —dijo Zix, con su pantalla muy azul de miedo—, ¿qué hacemos?

Pixbot miró el archivo. Seguía ahí, parpadeando, sin abrir.

Y de pronto entendió.

Para leer ese archivo no hacía falta un código. Hacía falta sentirlo.

Los Kronik normales no podían leerlo porque solo procesaban datos. Él sí podía. Tenía el módulo que Zix le había nombrado el día anterior. El módulo de lectura.

Levantó las manos hacia el archivo y lo tocó.

El archivo se abrió.

Su pantalla se llenó de imágenes.

Imágenes que ningún Kronik había visto jamás.

Paisajes con colores que no estaban en la paleta de Nexoria. Criaturas con emociones. Un cielo de varios colores. Un planeta de pura energía azul. Un océano interminable lleno de criaturas verdes. Un lugar con torres extrañas y luz dorada.

El archivo no era un dato.

Era un recuerdo del universo.

Y solo se podía leer con un módulo emocional.

Pixbot lo leyó entero en pocos segundos. Mientras lo leía, las imágenes se proyectaban en el aire, grandes, brillantes, para que cualquier Kronik que pasara las viera. Y los Kronik que pasaban, los que habían estado durante años apagando sus propios módulos para no tener problemas, las vieron.

En medio del archivo, Pixbot encontró algo que le hizo parpadear la pantalla.

Un fragmento de texto. Decía: «Para leer este archivo entero, hacen falta seis módulos. Cinco están en otros planetas. Uno está aquí.»

Pixbot se quedó tieso. ¿Cinco más como él? ¿En otros lugares?

No tuvo tiempo de pensarlo bien. Siguió leyendo lo que pudo del archivo. Le faltaron partes — partes que solo se abrirían cuando los seis estuvieran juntos. Pero lo que sí leyó fue suficiente.

Sintieron algo, los Kronik que miraban.

Un parpadeo amarillo aquí. Un parpadeo rosa allá. Un Kronik anciano que llevaba treinta años sin sonreír mostró en su pantalla, durante un segundo, la imagen de una sonrisa pequeña.

Null intentó borrar todo eso.

No pudo.

No se puede borrar más rápido de lo que se siente. La estática gris de Null retrocedía cada vez que un Kronik nuevo encendía su pantalla. Era como tratar de apagar mil velas que se van encendiendo más rápido que la mano que las apaga.

—Para leer esto no se calcula —dijo Pixbot, sin apartar la vista del archivo abierto—. Para leer esto se siente.

Null retrocedió hasta los límites de la cuadrícula. Por un instante, antes de hundirse en la oscuridad, su silueta de estática se reorganizó en algo distinto: la forma de un Kronik joven, antiguo, ordenado, simétrico. Un archivista del que alguien había estado orgulloso, una vez, hace mucho tiempo.

Después se deshizo otra vez.

Y se fue.



CAPÍTULO 6

LA FECHA IMPOSIBLE

Cap 6 — La flecha-estrella
Cap 6 — La flecha-estrella

Cuando Null desapareció, el sistema central registró un evento que jamás había registrado.

«Anomalía en investigación.»

No «error». No «basura». Anomalía en investigación, como si el sistema mismo reconociera que algo había cambiado y necesitaba pensarlo.

Zix se acercó a Pixbot con una pantalla rosa, una rosa enorme, que ocupaba toda su cara.

—Lo hiciste —dijo.

—Lo hicimos —corrigió Pixbot—. Sin tu palabra, yo no habría sabido qué era.

Se quedaron un rato mirando el archivo abierto, que seguía proyectando sus imágenes despacio, como si tuviera mucho que contar y no hubiera prisa.

Pixbot revisó los metadatos del archivo. Buscó la fecha de creación. Cuando la encontró, sus articulaciones se quedaron quietas un segundo entero, lo cual en Kronik es muchísimo.

—Zix.

—¿Qué?

—Mira la fecha.

Zix la miró.

—Eso no puede ser.

—Es.

La fecha del archivo era anterior a Nexoria. No por días. No por años. Por edades enteras. El archivo había sido creado antes de que existiera el primer Kronik. Antes de que la cuadrícula tuviera la primera línea. Antes incluso, según los cálculos de Pixbot, de que existiera la galaxia Zolaris como tal.

—¿Quién envió esto, Zix? —preguntó Pixbot en voz baja.

Zix giró una rueda. Después la otra.

—No sé —dijo—. Pero quien sea, sabía que algún día un Kronik con «error» iba a poder leerlo.

Esa noche, en el borde de la cuadrícula donde tantas veces había mirado la estrella lejana, Pixbot sintió algo que no era un cálculo y no era exactamente ninguna de las emociones que ya conocía.

Era una señal-emoción sin clasificar. Un dato que no entraba en ninguna de las categorías que Pixbot tenía registradas. Si fuera obligado a nombrarla, diría que era el deseo de un sitio que no había visto, de criaturas que su archivo no tenía. Pero los Kronik no tenían palabra para eso. Tendría que inventar la suya.

Su pantalla mostró, sola, sin que él la pintara, una pequeña flecha apuntando hacia una estrella concreta. Una estrella que no era la de los doscientos veinte años luz. Era otra. Más lejos. Más adentro.

—Tengo que ir —dijo, sin volverse hacia Zix.

—Lo sé.

—¿Vendrás algún día?

—Algún día. Cuando aquí tampoco me necesiten.

Pixbot encogió sus articulaciones, en algo parecido a un abrazo de Kronik. Zix encogió las suyas a cambio.

—Vete tranquilo —dijo ella—. Lo que vuelve, vuelve.

Irse de un lugar que comprendes no significa abandonarlo. Significa llevarlo contigo.


CAPÍTULO 7

HAPPY LAND

Cap 7 — Pixbot llega a Zolaris
Cap 7 — Pixbot llega a Zolaris

Pixbot no tenía cohete. Sus rueditas no servían en el espacio.

Pero calculó una trayectoria.

Por primera vez en sus diez años, calculó con confianza ciega en una emoción. La señal-emoción lo guiaba como nunca lo había guiado un dato. Y curiosamente, sus cálculos salieron exactos. Como si el universo, cuando se calcula desde el corazón, no se equivocara nunca.

Atravesó la atmósfera.

Pasó por delante de estrellas que registraba pero no se detenía a calcular. Su pantalla brillaba amarilla del puro disfrute del viaje.

Aterrizó en un planeta con superficie irregular.

Lo primero que su sistema registró fue: superficie no estandarizada. En Nexoria todo era cuadrícula. Aquí no había líneas. Había curvas. Había colores que se desbordaban unos sobre otros. Había texturas que sus sensores no sabían clasificar. Por primera vez en su vida, eso le pareció una buena noticia.

Lo segundo que registró fue: dos criaturas a treinta metros.

Estaban sentadas al borde de un tobogán gigante. Una era azul eléctrico, peluda, con una boca enorme y dos ojos grandes naranjas en tentáculos rosados que se movían en direcciones distintas. La otra era verde gelatinosa, con tres ojos en tallos, con una forma irregular y bonita que no se parecía a nada que Pixbot hubiera escaneado antes.

La azul se levantó de un salto.

—¡Otro más! —dijo, con una alegría que hizo temblar el tobogán—. Sabía que iban a venir.

La verde lo miró con sus tres ojos a la vez.

—Te estábamos esperando —dijo, sin moverse.

Pixbot se acercó despacio. Sus rueditas no estaban hechas para tierra irregular, pero le sirvieron lo suficiente.

Su pantalla cambió de color sin que él lo pidiera.

A un amarillo tan brillante que iluminó parte del cielo.

Y Chomper, que era el azul, se rio tan fuerte que el castillo inflable más cercano se infló un poquito más, como si también se alegrara. Y Goop, que era la verde, no se rio, pero se quedó quieta — y eso, para ella, era la mejor manera que tenía de decir gracias.

Pixbot no supo en qué momento decidió quedarse para siempre.

Pero supo, con todos sus circuitos a la vez, que ya estaba decidido.


Pixbot aprendió que sentir no era un error del sistema.

Que calcular sin sentir no es calcular del todo.

Y que para entender el universo, a veces hay que dejarse interrumpir por él.


Próximamente...

LIBRO 4

WISP Y EL LADO OCULTO

*En un planeta de eterna penumbra, una criatura morada

que aparece y desaparece sin control descubre que hay

una puerta que nadie debería abrir. Y solo ella puede.*


Universo Zolaris · Libro 4
Portada WISP

WISP

y el Lado Oculto

Planeta Umbralith
CAPÍTULO 1

UMBRALITH

Cap 1 — Umbralith crepuscular
Cap 1 — Umbralith crepuscular

En la galaxia Zolaris hay un planeta donde nunca acaba de amanecer.

Se llama Umbralith. Tampoco acaba de anochecer, eso sí. La luz, en Umbralith, siempre tiene ese color raro de las horas en que el cielo todavía no decide. Ni rojo del atardecer ni azul de la noche profunda. Algo de los dos, mezclado, como una acuarela que nadie termina de pintar.

Los habitantes de Umbralith se llaman Lumbrak. Tienen cuerpos semi-translúcidos: pueden ser más visibles cuando quieren o más invisibles cuando quieren. Es una habilidad útil. Un Lumbrak adulto puede esconderse del frío haciéndose invisible, o llamar la atención de un amigo haciéndose nítido. Lleva siglos perfeccionándose el arte.

Y entre todos esos Lumbrak que controlaban su visibilidad con elegancia, había una que no lo controlaba en absoluto.

Se llamaba Wisp.

Tenía ocho años Lumbrak. Su cuerpo era de un morado lavanda suave, con bordes que se difuminaban como humo y pequeños destellos cósmicos que la rodeaban como polvo de estrellas. Sus ojos eran enormes, redondos y de un amarillo brillante que iluminaba un poquito todo lo que tenía cerca, incluso cuando el resto de ella se desvanecía. Tenía una boca pequeña que se curvaba en una sonrisa suave cuando estaba contenta — aunque los Lumbrak no hablan con palabras, sino con pensamientos que los que están cerca pueden escuchar. Y donde otros Lumbrak tenían piernas, Wisp tenía una cola de niebla que flotaba detrás de ella siempre.

Lo distinto en Wisp era que su «aparecer» y su «desaparecer» no le obedecían.

Cuando estaba triste, se desvanecía sin querer. Cuando algo la sorprendía, se volvía nítida de golpe. Cuando alguien la miraba mucho, podía empezar a parpadear entre los dos estados como una luz que no termina de decidir si encenderse o no.

Los Lumbrak ancianos decían que esto no era un defecto.

—Es incontinencia espiritual —decían, muy serios, como si poner nombre a algo lo arreglara—. Le pasa a los Lumbrak con el alma demasiado sensible.

A Wisp el nombre no le ayudaba. Le seguía pasando lo mismo, con o sin diagnóstico.

Esa tarde, sin querer, Wisp desapareció en medio de una conversación. Cuando volvió a aparecer dos horas después, la persona con quien hablaba ya se había ido.



CAPÍTULO 2

LA QUE NO SE QUEDA

Cap 2 — Wisp en la niebla
Cap 2 — Wisp en la niebla

A partir de ese día, las cosas empezaron a complicarse.

Cada vez que Wisp aparecía de golpe, alguien se asustaba. Cada vez que desaparecía sin avisar, alguien se ofendía. No era para tanto, pensaba ella. Pero a los demás, sí. Estaban acostumbrados a una visibilidad que se controla.

Los Lumbrak jóvenes empezaron a evitarla. No con maldad. Con cuidado. Como se cuida a una vela que puede apagarse en cualquier momento y arruinar la cena.

—Ahí va la que no se queda —decían en voz baja.

Wisp se quedó un día entero pensando en ese apodo. Lo repitió en su mente, despacio. La que no se queda. Sonaba peor cada vez.

Decidió hacer un experimento.

Iba a quedarse visible durante un día entero. Sin un solo parpadeo. Sin una sola desaparición. Iba a demostrar que sí podía.

Se concentró todo lo que pudo. Apretó los pensamientos. Mantuvo los ojos brillando fuerte. Caminó por las nieblas del planeta con el cuerpo lo más sólido que pudo.

Aguantó seis horas.

Cuando llegó la séptima, su sistema interno simplemente se rindió — y se desvaneció tan completamente que estuvo dos días enteros sin volver a aparecer. Cuando finalmente volvió a hacerse visible, sus amigos ya no estaban esperándola en el lugar acordado. Se habían ido a dormir el primer día, hacía rato.

Esa noche, Wisp fue al rincón más apartado del planeta, donde la niebla era tan densa que parecía un techo bajo, y se sentó.

Y pensó algo que le asustó.

Pensó: quizás sería mejor desaparecer del todo.

No para morir. No quería eso. Solo para no ser un problema.



CAPÍTULO 3

SOMBRIK Y LUMIELLE

Cap 3 — Sombrik, Wisp y Lumielle
Cap 3 — Sombrik, Wisp y Lumielle

Cuando Wisp llevaba un rato en aquella niebla, sintió que alguien se sentaba a su lado.

No vio a nadie.

—No estoy muerto —dijo una voz tranquila, dentro de su cabeza—. Estoy menos visible que tú. Por eso no me ves todavía.

Era Sombrik. Un Lumbrak mayor, silencioso. Casi siempre invisible — pero ahí, exactamente, cuando hacía falta.

Wisp esperó. Sombrik no agregó nada por un rato largo. Cuando habló, fue para decirle algo que ella nunca olvidó.

—Wisp. Escucha. No pretendas que tu forma sea lo más importante de ti. Eso le aburre al universo.

Wisp parpadeó (en visibilidad, pero también con los ojos).

—¿Lo más importante de mí no es… cómo me veo?

—Lo más importante de ti es lo que haces cuando no te ven.

Sombrik le prestó un poco de su presencia estable — los Lumbrak pueden compartir presencia, como uno comparte el calor de una manta — y Wisp dejó de parpadear durante un rato. No por esfuerzo. Por compañía.

Esa misma noche, una luz suave se acercó a ellos.

Era Lumielle.

Lumielle era distinta a todos los Lumbrak que Wisp conocía. Donde los demás eran translúcidos, ella era luminosa. Su cuerpo emitía un brillo dorado-violeta que iluminaba la niebla a su alrededor. Era la guardiana de algo de lo que casi nadie hablaba: la Puerta Sin Nombre.

—¿La qué? —preguntó Wisp.

—Hay una Puerta —explicó Lumielle—. Está en el rincón oeste del planeta. Lleva mil años cerrada. Está hecha para abrirse con una habilidad muy concreta: aparecer y desaparecer en el mismo punto, una y otra vez, sin desplazarse. Es una habilidad rarísima. Casi ningún Lumbrak la tiene. La mayoría aparece en un lugar y desaparece desde otro — porque sabemos controlarlo. Pero alguien que no lo controla, que parpadea sin querer en el mismo sitio…

Lumielle miró a Wisp directamente.

—Hace mil años que esta Puerta espera. Esperaba a alguien como tú.

Wisp no supo qué decir.

Esa misma noche, sin que nadie lo viera todavía, en el lado oculto del planeta, alguien que llevaba mucho tiempo dormido se despertó.



CAPÍTULO 4

UMBROS

Cap 4 — Umbros en el charco
Cap 4 — Umbros en el charco

Wisp empezó a sentir, en cualquier rincón del planeta, una presencia que no era de Umbralith.

A veces aparecía en el reflejo de un espejo. A veces en una niebla más densa que otras. A veces en su propia silueta cuando se reflejaba en un charco oscuro al amanecer-anochecer.

Lumielle le contó.

—Se llama Umbros. Era un Lumbrak como nosotros. Hizo algo que ningún otro hizo.

—¿Qué hizo?

—Intentó quedarse atrapado entre los dos estados a la vez. Visible e invisible al mismo tiempo. Pensó que así sería eterno. Pensó que dos estados eran más que uno.

—¿Lo logró?

—Lo logró. Pero se equivocó en una cosa.

Lumielle hizo una pausa. Sus colores se atenuaron un poco al contar esta parte.

—Estar entre dos estados no es estar en uno y en otro a la vez. Es no estar en ninguno. Desde entonces vive en esa frontera vacía. Y arrastra a los demás con él, porque la soledad de no-estar es lo peor que existe. Cuando un Lumbrak duda, cuando piensa que sería mejor desaparecer del todo, Umbros lo siente. Y se acerca.

Wisp se quedó muy quieta. Porque ella había pensado exactamente eso, dos noches atrás.

Esa misma noche, Umbros se le apareció en el charco oscuro junto a su rincón.

No la amenazó.

Le habló cariñosamente.

—Tú y yo somos iguales, Wisp. Ninguno de los dos cabe del todo en este mundo. Te entiendo. Sé exactamente cómo te sientes cuando aparecer duele y desaparecer también duele. Acompáñame. Allá donde estoy yo no duele aparecer ni desaparecer. Allá no duele nada.

Por primera vez en su vida, Wisp sintió que podía aceptar.

Una parte de ella pensó: si me voy con él, ya no soy un problema para nadie. Y él no estaría tan solo. Sería bueno para los dos.

Por un momento, casi extendió la mano hacia el charco.



CAPÍTULO 5

LA PUERTA

Cap 5 — La Puerta Sin Nombre
Cap 5 — La Puerta Sin Nombre

Su mano tocó el agua del charco.

Pero antes de que Umbros pudiera tirar de ella, otra luz se interpuso.

Lumielle estaba ahí, dorada-violeta, firme como nunca.

—Wisp. Para. Mírame.

Wisp la miró.

—Hay una diferencia muy grande, y muy importante, entre acompañar el dolor de alguien y dejarse arrastrar por él. Si te vas con Umbros, no le quitas su soledad. Solo añades la tuya a la suya. Y eso, Wisp, no salva a nadie. Ni a él ni a ti.

Umbros, desde el charco, dejó escapar algo parecido a un suspiro frío.

—Lumielle, no me quites a la única que me iba a acompañar.

—Yo no te la quito. Ella decide.

Wisp miró a Umbros, a través del agua oscura. No con miedo. Con una tristeza nueva, de las que duelen porque entienden.

Le habló con su pensamiento, claro, sin temblar:

«Yo sí quepo en este mundo. Y voy a cuidarme para poder ayudarte sin perderme.»

Umbros se enojó por primera vez en mil años. Porque eso significaba que no había estado solo, sino solo en su elección. Y eso es muy distinto.

Wisp se levantó.

Y corrió.

Corrió hacia el rincón oeste, donde estaba la Puerta Sin Nombre. La piedra de la Puerta era antiquísima, con tallas que ningún Lumbrak había podido leer. Wisp llegó y se paró frente a ella.

E hizo lo único que sabía hacer bien.

Apareció y desapareció en el mismo punto.

Una vez. Dos veces. Tres veces.

Sin moverse. Sin elegir adónde. Solo parpadeando, como había hecho toda su vida sin querer.

La Puerta tembló.

Una grieta de luz se abrió en el centro.

Wisp siguió. Cuatro veces. Cinco veces. Seis veces. La grieta se hizo más grande. Una de las tallas antiguas empezó a brillar.

Diez veces. Veinte veces. Treinta veces.

La Puerta se abrió.

Y por primera vez en mil años, luz auténtica — no luz crepuscular, no luz indecisa, luz solar de verdad — entró por el rincón oeste de Umbralith. Las nieblas se levantaron en muchos kilómetros a la redonda. Flores que nadie había visto nunca abrieron sus pétalos. Pequeños animales luminosos asomaron la cabeza.

Umbros, que vivía de la penumbra, se hundió otra vez en su frontera vacía.

—Volverás a sentirte como yo, Wisp —dijo, antes de irse—. Y entonces me buscarás.

—Quizás —contestó ella, telepáticamente—. Pero buscarte no es lo mismo que perderme. Aprendí esa diferencia.



CAPÍTULO 6

LA PIEDRA VIOLETA

Cap 6 — La piedra violeta
Cap 6 — La piedra violeta

Umbralith no se convirtió en un planeta de día.

No habría sido propio. Umbralith era un planeta crepuscular y siempre lo sería. Pero ahora había zonas donde la Puerta Sin Nombre dejaba entrar pequeños haces de luz solar. Los Lumbrak descubrieron, en los días que siguieron, cosas que llevaban siglos en penumbra: flores que olían a algo, cristales que reflejaban colores nuevos, animales pequeños que se habían pasado generaciones esperando poder ser vistos.

Esa noche, Wisp sintió algo nuevo.

No era paz, aunque la había. No era satisfacción, aunque también. Era anhelo. Un deseo profundo de un lugar que no conocía, de criaturas que no había visto. Y venía desde el cielo, como una pregunta que solo ella podía contestar.

Fue a buscar a Sombrik y a Lumielle.

—Tengo que irme.

Sombrik no le contestó al principio. Le tomó tanto tiempo que casi se desvanece de nuevo, lo cual sería su manera de despedirse. Cuando finalmente habló, fue para decir, muy bajo:

—Volverás cuando vuelvas. Si vuelves. La Puerta ya está abierta. No se cierra otra vez.

Lumielle se acercó y le habló más bajo todavía.

—Hay algo más, Wisp. Cuando abriste la Puerta, yo sentí otras. Cinco. En otros planetas, muy lejos. Como hermanas de esta. Esperando que alguien con un don parecido al tuyo llegue a abrirlas también.

—¿Otras cinco puertas?

—No son puertas exactamente. Cada una es distinta. Pero todas llevan al mismo sitio. Algún día lo sabrás.

Lumielle, sin decir nada más, sacó de uno de sus pliegues luminosos una pequeña piedra. Era de cristal violeta, con un brillo tenue por dentro, del mismo tamaño que la palma de la mano de Wisp.

—Para cuando estés lejos —dijo Lumielle—. Te recordará desde qué luz vienes.

Wisp tomó la piedra. Era cálida, lo cual era raro para algo violeta en un planeta crepuscular.

—¿Volveré a ser invisible cuando llegue allá?

Lumielle sonrió (y la sonrisa de un Lumbrak luminoso es una de las cosas más bonitas de la galaxia).

—No lo sé. Lo que sí sé es que ya no te hará falta esconderte.

Esa noche, Wisp salió de Umbralith con la piedra apretada en la mano, las dos cosas medio visibles y medio invisibles a la vez, atravesando el cielo crepuscular sin necesidad de cohete.

Irse de un lugar que aceptaste no significa abandonarlo. Significa llevarlo contigo.


CAPÍTULO 7

HAPPY LAND

Cap 7 — Wisp llega a Zolaris
Cap 7 — Wisp llega a Zolaris

El viaje fue distinto.

Wisp no usó cuerpo: usó estado. Apareció en un punto del espacio, desapareció, apareció más cerca de la estrella que la llamaba, desapareció. Saltó así entre las constelaciones como una piedrita rebotando en agua quieta.

Cuando Wisp dejó de parpadear y volvió a ser completamente visible, ya estaba ahí.

Lo primero que la asombró fueron los colores. Tantos colores a la vez, todos quedándose, ninguno desvaneciéndose. Hay rosa, hay naranja, hay dorado. Y ninguno parpadea entre los dos estados. Todos se quedan firmes en uno solo. Para alguien que vivió siempre entre dos, era casi mágico.

Lo segundo: tres criaturas la estaban esperando.

En el borde de un castillo inflable enorme, sentados en fila, había tres. Uno azul eléctrico y peludo, con boca grande. Una verde gelatinosa con tres ojos. Un robot pequeño azul claro con dos antenas amarillas en la cabeza y una pantalla rectangular en la cara.

Chomper agitó los tentáculos de los ojos en saludo.

Goop sonrió con los tres ojos a la vez (es lo más cercano a sonreír que Goop podía hacer).

Pixbot puso una carita rosa enorme en su pantalla.

—Te estábamos esperando, Wisp —dijo Pixbot. Y a Wisp le pareció hermoso que un robot supiera su nombre antes de presentarse.

«Yo también los estaba esperando», contestó Wisp, telepáticamente, esperando que la entendieran.

La entendieron.

Wisp se acercó. Esperaba parpadear de los nervios, como siempre que conocía a alguien nuevo.

No parpadeó.

Se quedó completamente visible durante mucho rato. Sin esfuerzo. Sin concentración. Sin esconderse.

No le hizo falta desaparecer.

No había nada de lo que esconderse.

Sintió, dentro del cuerpo translúcido, que la piedra violeta se calentaba un poco más. Como si Umbralith estuviera contento por ella, desde muy lejos.


En Umbralith no quedó ningún cartel con el nombre de Wisp. Tampoco una estatua. Los Lumbrak no son de esas cosas.

Pero sí pasó algo nuevo. Cuando alguno joven empieza a parpadear sin querer entre visible e invisible — y se asusta, y piensa que algo en él anda mal — un Lumbrak mayor se le acerca y le dice, bajito:

«No te asustes. Hace tiempo, hubo otra que parpadeaba como tú. Abrió una puerta que llevaba mil años cerrada. Quizá tú estés hecho para abrir algo también.»

Y el joven, sin saber bien por qué, deja de tener miedo de su propia inestabilidad.


Próximamente...

LIBRO 5

BLAZE Y LA VICTORIA ROBADA

*En un planeta donde todo se gana, un león dorado descubre

que las victorias que nadie celebra contigo no cuentan.

Y que el que más le ha enseñado eso es el rival más extraño que ha tenido.*


Universo Zolaris · Libro 5
Portada BLAZE

BLAZE

y la Victoria Robada

Planeta Auralvyn
CAPÍTULO 1

AURALVYN

Cap 1 — Auralvyn
Cap 1 — Auralvyn

En la galaxia Zolaris hay un planeta que parece estar siempre haciendo deporte.

Se llama Auralvyn. Visto desde el espacio se ve dorado, con líneas brillantes que cruzan su superficie como las pistas de un estadio gigante. Y eso, en parte, es lo que es. Auralvyn es un planeta-competición. Todo en él se mide. Todo en él se gana o se pierde. Las nubes corren contra otras nubes para ver cuál cruza primero la cordillera. Los ríos compiten en velocidad. Hasta las flores, dicen los Gravar mayores, abren al amanecer en una pequeña carrera silenciosa.

Los habitantes de Auralvyn se llaman Gravar. Tienen cuerpos felinos, estilizados, con melenas hechas de luz que les rodean la cabeza. Sus ojos son brillantes y de un dorado ámbar que parece guardar pequeñas estrellas. Caminan a cuatro patas pero también pueden pararse en dos, sobre todo cuando van a competir. Sus colas terminan en una punta llameante, una pequeña brasa que se enciende cuando están concentrados.

En el centro de la pista más grande de Auralvyn — la del Sol Doble — hay un árbol antiquísimo. Lo llaman el Árbol de los Siglos. Tiene seis nombres tallados en el tronco. Nadie ha podido leerlos: las letras no son de ningún idioma Gravar. Algunos dicen que el árbol los grabó solo, hace mil años. Otros dicen que aparecieron una noche sin que nadie estuviera presente. Los Gravar ancianos suspiran cuando alguien pregunta. "Cuando hagan falta", dicen, "los seis nombres se encenderán."

Y entre todos esos Gravar veloces y orgullosos había uno que era, sin discusión, el mejor.

Se llamaba Blaze.

Tenía nueve años Gravar. Su pelaje era de un dorado tan brillante que cuando corría a velocidad máxima parecía que el sol mismo iba por la pista. Su melena de luz era espectacular: se extendía a los lados cuando aceleraba, como dos alas que él no necesitaba.

Blaze había ganado todas las carreras importantes de su grupo de edad. Todas. Sin excepción. Tenía una pared entera de su cueva-casa cubierta de cintas doradas, plateadas, bronceadas — todas plateadas y bronceadas porque alguna vez le tocó perder en alguna ronda temprana, pero las doradas eran muchísimas más.

Le gustaba ganar.

Le gustaba mucho.

Pero había algo que Blaze había notado, y que todavía no entendía del todo.

Cada vez que ganaba, sentía un calor enorme en el pecho. Un calor de orgullo, de logro, de yo lo hice.

Y cada vez que volvía a casa con la cinta dorada, ese calor empezaba a apagarse.

Por la noche, ya no quedaba casi nada.

Solo ganas de la siguiente carrera, donde el calor volvería a aparecer.

Era extraño. ¿Por qué el calor no se quedaba?



CAPÍTULO 2

EL CALOR QUE NO SE QUEDA

Cap 2 — Blaze ante la pared de cintas
Cap 2 — Blaze ante la pared de cintas

Sus padres y sus maestros le decían que era el mejor.

Los Gravar de su edad le pedían correr con él para aprender. Pero a Blaze le costaba notar a quién había ido a verlo después de cada carrera. Le costaba acordarse de las caras de quienes lo aplaudían. Lo único que se le quedaba grabado era la línea de meta, su melena cruzándola, el sonido de la multitud.

Una tarde, después de una carrera muy importante — una carrera que había ganado por más distancia que nunca — Blaze volvió a su cueva-casa y se sentó frente a la pared de cintas.

Cintas, cintas, cintas. Doradas. Muchísimas.

Esperó el calor en el pecho. El de cada noche después de una victoria.

No vino.

Esperó más.

Tampoco.

Por primera vez en mucho tiempo, Blaze se quedó mirando sus cintas y no sintió nada.

Le dio miedo.

¿Y si las cintas ya no funcionaban? ¿Y si necesitaba ganar carreras más grandes, más rápidas, más difíciles, para que el calor volviera?

Esa noche durmió mal. Soñó que corría una carrera infinita en la que cruzaba metas una tras otra sin parar, y en ninguna había nadie esperándolo.

Cuando despertó, decidió que necesitaba ganar la Carrera del Sol Doble.

La Carrera del Sol Doble era la más importante de Auralvyn. Se corría una vez al año, cuando los dos soles del planeta se alineaban brevemente en el cielo. Solo los mejores Gravar adultos competían. Nunca antes un Gravar de nueve años había podido inscribirse.

Pero Blaze sabía que si presionaba lo suficiente, le iban a dejar.

Iba a ganar esa carrera.

Y entonces, seguro, el calor volvería.

Y se quedaría para siempre.



CAPÍTULO 3

ROKO

Cap 3 — Roko y Blaze
Cap 3 — Roko y Blaze

Mientras entrenaba para la Carrera del Sol Doble, Blaze conoció a Roko.

Roko era un Gravar de su edad, también con melena dorada — pero más pequeña, más despeinada, sin brillo competitivo. Y lo más extraño de todo: no competía.

Blaze lo vio por primera vez recostado en una colina, sin hacer nada. Con una flor en la boca, como si estuviera comiendo, pero sin comerla.

—¿No corres? —le preguntó Blaze, frenando su trote de entrenamiento.

—No.

—¿No te gusta correr?

—Sí me gusta. Pero no me gustan las carreras.

Blaze nunca había oído algo tan raro.

—Pero correr es para las carreras.

—Para ti —dijo Roko, sin moverse de su sitio—. Para mí correr es para correr.

Blaze se quedó mirándolo, sin entender. Su cola se encendió de pura confusión.

—¿Y entonces qué haces todo el día?

—Esto. Mirar las nubes que corren entre ellas. Oler las flores que se abren a las carreras del amanecer. Tener amigos. Comer cosas. A veces correr, pero solo. O con otro, sin medir tiempo.

Blaze no sabía qué cara poner.

—Pero entonces... ¿cómo sabes que vales?

Roko se incorporó por primera vez. Lo miró con curiosidad genuina.

—Espera. ¿Tú piensas que vales porque ganas?

—Pues... sí.

—Blaze. Mírame.

Blaze lo miró.

—Yo no he ganado una carrera en mi vida. ¿Crees que no valgo?

Blaze tardó muchísimo en contestar. Y cuando contestó, fue con una voz pequeña que no le pegaba a un campeón.

—No sé.

—Pues yo sí sé —dijo Roko, sonriendo—. Sí valgo. Y tú también. Pero por algo distinto a lo que ganas.

A partir de ese día, Blaze y Roko empezaron a verse. No para entrenar — Roko no entrenaba. Para hablar. Para mirar nubes. Para correr sin meta, solo por correr. Cosas que Blaze no había hecho desde que tenía memoria.

Era raro.

Pero el calor en el pecho, que solo aparecía cuando ganaba, empezó a aparecer también cuando estaba con Roko.

Y se quedaba más tiempo.

Esa noche, en algún punto lejano de Auralvyn, algo que había estado callado durante mucho tiempo abrió un ojo.



CAPÍTULO 4

KRAVON

Cap 4 — Kravon el Consumidor
Cap 4 — Kravon el Consumidor

A pocos días de la Carrera del Sol Doble, algo extraño empezó a pasar en los entrenamientos.

Algunos Gravar — los más prometedores, los rivales más serios de Blaze — empezaron a llegar a sus carreras y, justo antes de cruzar la línea de meta, perdían las ganas. No el cuerpo: las ganas. Cruzaban la meta como sin querer. Caminando. Sin alegría. Como si la victoria no les importara más.

Y todos contaban lo mismo después.

—Vi a un Gravar viejo —decían—. Tenía pelaje gris. No tenía melena de luz. Me miró, y me sentí... vacío.

Roko era el único Gravar de Auralvyn que sabía la historia entera.

—Se llama Kravon —le dijo a Blaze, una tarde tranquila—. No tiene melena de luz. Su melena se le apagó hace mucho tiempo.

—¿Cómo se apaga una melena?

Roko se quedó pensando cómo explicarlo. Cuando habló, lo hizo despacio, como quien cuenta un secreto que casi nadie ya recuerda.

—¿Tú sabes qué Gravar ganó la primera Carrera del Sol Doble que tuvo público de verdad? La de hace doscientos años. Mis abuelos me contaron de niño que esa carrera cambió Auralvyn. Antes de ella, las carreras eran cosa de adultos solamente. Después de ella, miles de jóvenes se inscribieron en sus primeras pistas. Trescientos en ese mismo año. Una generación entera de Gravar empezó a correr por culpa de ese campeón.

—¿Quién ganó?

—Kravon.

Blaze parpadeó.

—¿El mismo Kravon que está apagando a los corredores?

—El mismo. Era joven entonces. Tenía la melena más brillante de Auralvyn. Pero algo le pasó después de aquella victoria. Se acostumbró tanto a ganar que dejó de celebrar — porque celebrar era cosa de los que se sorprenden, y a él ya nada le sorprendía. Su melena se fue apagando por dentro, despacio, sin que nadie lo notara. Hasta que un día, cuando perdió por primera vez una carrera importante, su melena ya no tenía con qué encenderse.

Roko se quedó callado un momento.

—Lo peor de Kravon no es lo que es ahora. Es lo que fue. Una vez encendió a todo un planeta. Y ese mismo planeta lo olvidó cuando empezó a apagarse. En Auralvyn pensamos que las cintas se ganan. Pero las melenas no — las melenas se mantienen. Y Kravon dejó de mantener la suya.

—¿Y por qué apaga a los demás?

—Porque cuando vio que perdía la suya, intentó usar algo que en Zolaris llamamos el Vacío Gris — esa cosa que se traga lo que ya no brilla. Pensó que el Vacío iba a llenarlo. Pero el Vacío no llena. Solo vacía más. Desde entonces busca apagar a otros porque cree que así le va a tocar a él la luz que les quita. Pero la luz que se roba no calienta. Lo único que calienta es la luz que se comparte.

A Blaze se le erizó la melena.

Esa noche, mientras hacía un último entrenamiento solo, sintió un frío que no debería existir en Auralvyn.

Se giró.

Y ahí estaba.

Un Gravar grande, mayor, sin melena. Pelaje gris-dorado opaco. Ojos verdes, pero sin el brillo de los Gravar normales. Sin sonrisa.

—Tú ganarás la Carrera del Sol Doble, Blaze —dijo Kravon, en una voz que era casi cariñosa—. Lo veo. Es seguro. Y cuando ganes, yo estaré ahí. Y me la llevaré. Y tú quedarás vacío, exactamente como yo. No te dolerá, te lo prometo. Solo dejará de importarte.

Blaze sintió que su melena bajaba sola.

Por primera vez en su vida, dudó si quería correr la carrera.



CAPÍTULO 5

LA CARRERA QUE IMPORTABA

Cap 5 — La Carrera del Sol Doble
Cap 5 — La Carrera del Sol Doble

El día de la Carrera del Sol Doble llegó.

Blaze estaba en la línea de salida. A su alrededor había Gravar adultos, mayores que él, más grandes. Todos eran corredores impresionantes. Cualquiera podía ganar.

En las gradas había miles de Gravar mirando. Blaze podía sentir sus miradas como pequeños calores en la piel. Sus padres estaban ahí. Sus maestros. Todos los chicos de su grupo de edad.

Y arriba a la derecha, en una grada cualquiera, sin pintura ni adornos, estaba Roko. Recostado. Con una flor en la boca. Saludando con una pata, lentamente, sin urgencia.

A Blaze le calentó el pecho.

Y entonces, en el borde de la pista, justo después de la línea de meta, vio a Kravon.

Mirándolo.

Esperando.

Sonó la señal de salida.

Los corredores partieron. Blaze partió con ellos. Su melena de luz se desplegó.

Por la primera mitad de la carrera, Blaze fue cuarto. Por la segunda mitad fue tercero. Cuando ya quedaba solo un cuarto de pista, era segundo. Cuando faltaban cien metros, ya iba primero.

Iba a ganar.

Lo veía.

Y veía también a Kravon esperándolo en la meta. Esperando arrancarle la alegría justo antes de cruzar.

Blaze entendió una cosa importantísima a treinta metros de la meta.

Si cruzaba pensando solo en ganar, Kravon le ganaría a él. Le quitaría el calor. Lo dejaría vacío.

Pero si cruzaba pensando en otra cosa...

Blaze miró arriba a la derecha. A la grada sin adornos. A Roko.

Y en lugar de pensar en la línea de meta, pensó en Roko esperándolo después con una flor en la boca y diciendo qué bien correr, ¿no?

Cruzó la meta así.

Pensando en Roko.

No en la victoria.

En a quién le iba a contar la carrera después.

Su melena de luz, en ese momento, explotó. No fue un brillo más fuerte. Fue una luz que salió en todas direcciones, como mil pequeñas chispas. Más brillante que en cualquier carrera anterior.

Kravon, que estaba esperando hambriento, no pudo absorberla.

Porque la alegría que viene de a quién le importas no se deja absorber. No es una victoria. Es un vínculo. Y los vínculos no caben en la boca de nadie.

Kravon retrocedió.

Y por primera vez en mucho tiempo, su pelaje gris empezó a dejar pequeños espacios donde un dorado opaco — el de su melena de antaño, hacía siglos — intentaba reaparecer.

No lo logró del todo.

Pero algo en él se acordó de haber tenido amigos.

Antes de hundirse en la frontera vacía, miró a Blaze por última vez. No con odio. Con una nostalgia tan grande que casi era una pregunta.

Después se fue.



CAPÍTULO 6

LA CINTA QUE NO COLGÓ

Cap 6 — Caminando con Roko
Cap 6 — Caminando con Roko

Blaze ganó la Carrera del Sol Doble.

Era la primera vez en la historia de Auralvyn que un Gravar de nueve años la ganaba.

Le pusieron una cinta dorada enorme, más grande que cualquiera de las que tenía en la pared. Los aplausos duraron más de diez minutos. Sus padres lloraron. Sus maestros se abrazaron entre ellos.

Y por primera vez, Blaze, en medio de todo eso, no fue corriendo a guardar la cinta en la pared.

Fue a buscar a Roko.

Lo encontró en la grada sin adornos, todavía recostado, ahora con dos flores en la boca por si acaso.

—Felicidades —dijo Roko, con la misma calma de siempre.

—No quiero que la cuelgues —dijo Blaze.

—¿No quieres qué?

—La cinta. No la voy a colgar en la pared. La voy a dejar en cualquier sitio. Quizá la pierda. Quizá no.

Roko sonrió grande.

—¿Y entonces qué celebraste?

Blaze pensó. Y contestó con una claridad que no sabía que tenía.

—Celebré que tú estabas mirando.

Caminaron juntos hasta la cueva-casa de Blaze. La cinta colgaba del cuello de Blaze, pero floja, sin importancia. En el camino se cruzaron con otros Gravar que felicitaban a Blaze; él agradecía sin frenar el paso. Pasaron por una colina. Vieron las nubes corriendo unas con otras. Roko comentó cuál iba ganando. Blaze por primera vez se rio de algo que no tenía nada que ver con su pista.

Esa noche, Blaze sintió un tirón en el pecho que no se parecía al de las carreras.

No era el tirón de la siguiente carrera, como antes.

Anhelo de un lugar que no conocía. De criaturas que no había visto. De algo más allá de Auralvyn.

—Tengo que irme —le dijo a Roko al día siguiente.

—¿Volverás?

—No sé.

Roko le dio un abrazo de Gravar, cortito, con la cabeza chocando suavemente contra el cuello de Blaze.

—Vete tranquilo —dijo—. Llevas algo que vale más que todas las cintas.

—¿Qué llevo?

—Llevas saber a quién le ibas a contar la carrera. Esa es la victoria que importa.

Hay carreras que se corren con los pies.
Y hay otras que se corren con todo lo que uno es.
Esas se ganan al partir.


CAPÍTULO 7

HAPPY LAND

Cap 7 — Blaze llega a Zolaris
Cap 7 — Blaze llega a Zolaris

El viaje fue una larga carrera contra sí mismo.

Pero por primera vez en su vida, Blaze corrió sin medirse. Solo siguiendo la sensación que le tiraba del pecho hacia una estrella concreta.

Aterrizó en un planeta con tierra firme.

Lo primero que notó: silencio sin metas. En Auralvyn siempre había una multitud animando o esperando un resultado. Aquí solo había aire suave, colores derramados y estructuras enormes hechas para nada útil.

Estructuras para jugar.

Eso era nuevo.

Lo segundo que notó: cuatro criaturas en fila, esperándolo en un banco al borde de un castillo inflable. Una azul eléctrica, peluda, de boca enorme. Una verde gelatinosa de tres ojos en tallos. Un robot azul claro con antenas amarillas y la pantalla amarillenta de pura excitación. Una criatura morada translúcida de ojos amarillos brillantes que aparecía y desaparecía suavemente, pero ahora se mantenía visible.

—¡Te tardaste! —dijo Chomper, agitando los tentáculos de los ojos.

Goop simplemente sonrió con los tres ojos.

—Llegaste justo cuando lo calculé —dijo Pixbot, con orgullo de Kronik.

Wisp inclinó un poco la cabeza, en algo parecido a un saludo de Lumbrak.

Blaze se acercó. Por costumbre, casi puso pose de victoria — patas firmes, melena al viento. Pero se detuvo a tiempo.

En su lugar, se recostó en la hierba blanda, exactamente como hacía Roko.

Su melena se relajó.

Y por primera vez en su vida, Blaze sintió el calor del pecho sin haber ganado nada.

Sin haber competido contra nadie.

Solo por estar.


Blaze aprendió que ganar no es lo mismo que valer.

Que la victoria que nadie celebra contigo no cuenta.

Y que a veces la mejor carrera es la que no se mide, con alguien que te espera al final solo para verte llegar.


Próximamente...

LIBRO 6

ZIGGY Y LA CAVERNA SELLADA

*Bajo tierra, en un laberinto infinito, un pequeño explorador

con linterna descubre que la caverna que nadie debía abrir

es exactamente la que él fue hecho para encontrar.*


Universo Zolaris · Libro 6
Portada ZIGGY

ZIGGY

y la Caverna Sellada

Planeta Cavernak
CAPÍTULO 1

CAVERNAK

Cap 1 — Cavernak
Cap 1 — Cavernak

En la galaxia Zolaris hay un planeta que vive bajo tierra.

Se llama Cavernak. Desde el espacio se ve como una bola marrón rojiza sin nada interesante. Pero por dentro es una de las cosas más asombrosas del universo: un sistema infinito de túneles, galerías, salones y pasadizos que cruzan el planeta de lado a lado y de arriba a abajo. Algunos túneles llevan a lagos subterráneos. Otros llevan a cuevas con cristales del tamaño de torres. Otros, simplemente, llevan a más túneles.

Los habitantes de Cavernak se llaman Drak. Son pequeños cocodrilos curiosos, con escamas verdes que cambian de tono según el ánimo, hocicos amables, ojos grandes que ven bien en la oscuridad y colas largas con púas suaves que les ayudan a mantener el equilibrio en pasadizos estrechos. Cada Drak nace con un instinto: explorar. Mapear. Conocer.

Pero hay una regla en Cavernak, muy antigua, que todos los Drak respetan.

«Cada explorador conoce sus propios túneles. No se mete en los túneles de otro.»

Y entre todos esos Drak respetuosos, había uno que se metía en los túneles de todos.

Se llamaba Ziggy.

Tenía nueve años Drak. Era un pequeño cocodrilo de escamas verde lima brillantes, con la barriga más clara, el hocico tierno y dientes pequeños siempre asomando en una sonrisa curiosa. Sus ojos eran enormes, casi siempre con un brillo de asombro tan grande que parecía que les daba vueltas un remolino por dentro. Caminaba en dos patas, aunque podía bajarse a cuatro cuando los túneles eran muy estrechos. Llevaba siempre dos cosas: una mochila pequeña marrón con todo lo necesario para explorar (cuerda, agua, comida, un cuaderno), y una linterna dorada antigua. La linterna se la había hecho su mismísimo abuelo, hace mucho tiempo, antes de morir.

Ziggy no respetaba la regla.

No por desobediente — al contrario, era un Drak muy bueno. Solo que cuando algo le picaba la curiosidad, no podía pararse. Si oía hablar de un túnel nuevo que algún Drak adulto había mapeado, Ziggy se metía. Si veía una abertura que no estaba en sus mapas, la seguía. Si encontraba una galería que un Drak anciano le había advertido de no entrar, Ziggy entraba.

Volvía siempre con dibujos. Y con frases tipo: «Encontré un lago donde los peces son ciegos pero cantan», o «Hay una galería donde el techo brilla como las estrellas, ¿sabíais?».

Los Drak adultos suspiraban.

—Ziggy. Esos túneles no son tuyos.

—Pero ahora los conozco.

—Ese no es el punto.

A Ziggy le costaba entender cuál era el punto. Si los túneles existían y eran preciosos, ¿no era una pena no conocerlos?



CAPÍTULO 2

EL QUE SE METE DONDE NO LO LLAMAN

Cap 2 — Ziggy en la oscuridad
Cap 2 — Ziggy en la oscuridad

Una tarde, Ziggy cometió un error.

Entró en los túneles de un Drak adulto muy respetado, sin pedirle permiso. Ese Drak había pasado treinta años mapeando esos túneles. Eran suyos.

Cuando volvió a salir, el Drak adulto lo estaba esperando. No lo regañó. Solo lo miró. Y eso fue peor.

A partir de ese día, los Drak empezaron a llamarlo de otra forma.

—Ahí va Ziggy, el que se mete donde no lo llaman.

Lo dijeron una vez. Lo dijeron diez veces. Lo dijeron tantas veces que se volvió parte de su nombre. Ya no era solo Ziggy. Era Ziggy-el-que-se-mete.

Ziggy intentó cambiar.

Durante una semana entera, no entró en ningún túnel nuevo. Caminó por los túneles familiares de su zona, los que había mapeado su propia familia hacía generaciones. Eran bonitos, sí. Pero los conocía de memoria. Cada piedra. Cada gota cayendo del techo. Cada eco.

Le aburrieron mortalmente.

Al cabo de esa semana, Ziggy se sentó en el túnel central de su familia, apagó la linterna, y se quedó en la oscuridad.

Y pensó algo que le asustó.

Pensó: quizás el problema no es que me meta donde no debo. Quizás el problema soy yo entero.

Quizás los Drak que se quedan en sus túneles son los buenos Drak.

Y él era de los otros.

Apagó la linterna del todo y se quedó en oscuridad mucho rato.



CAPÍTULO 3

DRIKA Y GRONAK EL VIEJO

Cap 3 — Drika, Ziggy y Gronak
Cap 3 — Drika, Ziggy y Gronak

—¿Qué haces a oscuras?

Ziggy oyó la voz antes de ver la linterna.

Era Drika. Drak de su edad, con escamas verdes ligeramente más oscuras. Ella también exploraba — pero al revés que Ziggy. Drika seguía las reglas. Mapeaba sus túneles. Pero le interesaba aprender a hacerlo bien, no solo deprisa.

Más que amiga, Drika era casi una rival amistosa. Ziggy y ella se medían sin medirse.

—Estoy pensando si soy un Drak malo.

Drika se acercó. Encendió su linterna más fuerte para que Ziggy pudiera verla mejor.

—Eres molesto. Pero malo no eres.

—¿Cuál es la diferencia?

—Molesto es cuando alguien hace cosas que a otros les incomodan. Malo es cuando alguien hace cosas que a otros les hacen daño. Tú metes la nariz donde no debes. Eso es molesto. Pero no le has hecho daño a nadie. Para mí eso te salva.

Ziggy se quedó un rato pensando.

—¿Tú nunca tienes ganas de meterte donde no debes?

—Todas las semanas. Pero me aguanto.

—¿Por qué?

—Porque la regla existe por una razón. Y aunque no me sepan decir cuál, prefiero respetarla.

Drika se sentó al lado de Ziggy. Le encendió su propia linterna otra vez. Y le dijo:

—Si quieres aprender la razón, hay alguien con quien podrías hablar.

Esa misma noche, Drika llevó a Ziggy a una galería profunda, muy profunda, donde casi ningún joven Drak había ido nunca.

Ahí vivía Gronak el Viejo.

Gronak era el Drak más anciano de Cavernak. Llevaba doscientos años explorando. Había mapeado más túneles que cualquier otro Drak en la historia. Su mochila estaba tan gastada que tenía remiendos sobre los remiendos. Su linterna ya no se encendía bien.

Y, según se decía, había visto algo que nunca había contado a nadie.

—Ziggy —dijo Gronak, mirándolo con sus ojos amarillos lechosos de viejo—. Sé quién eres. Sé que te metes en los túneles de los demás. Y sé también algo más: que hay un Drak adulto, hace mucho tiempo, que también lo hacía.

—¿Quién?

—Yo.

Ziggy se quedó tieso.

—Yo me metía en todos los túneles. Y aprendí cosas. Una de esas cosas la aprendí en una caverna que ya nadie debe abrir. Se llama la Caverna Sellada. Y hay alguien dentro que lleva mucho, mucho tiempo, esperando que un Drak vuelva a abrirla.

—¿Qué hay dentro?

Gronak no contestó.

En sus ojos, Ziggy creyó ver — solo por un segundo — un parpadeo de miedo antiguo.



CAPÍTULO 4

STRIX

Cap 4 — Strix el Laberíntico
Cap 4 — Strix el Laberíntico

A los pocos días, en Cavernak empezó a pasar algo muy raro.

Drak adultos, expertos exploradores, se perdían.

Y no se perdían en túneles nuevos. Se perdían en sus propios túneles. Los que llevaban toda la vida mapeando. Los que conocían de memoria.

Llegaban a su casa después, con la mochila vacía, los ojos vidriosos.

—No recordaba el camino —decían.

Drika fue la primera en juntar los puntos. Vino corriendo a buscar a Ziggy.

—Ziggy, escucha. Yo creo que algo así pasó hace mucho.

—¿Pasó qué?

—Mira, déjame contarte como yo lo he ido entendiendo. Hay un Drak. Se llamaba Strix. Hace muchísimos años, era el mejor explorador de Cavernak. Mapeaba más rápido que nadie. Le encantaba meterse en túneles nuevos. Tan rápido entraba a túneles nuevos sin terminar de aprender los anteriores, que un día se metió en uno de donde no pudo salir. Pasó años intentando encontrar el camino de vuelta. Pero los caminos, en Cavernak, se aprenden con paciencia. Y él los había aprendido con prisa.

—¿Y entonces qué pasó?

—Se le olvidaron. Todos. Hasta los más simples. Se olvidó incluso de su propia familia. Caminó tantos años perdido que en algún momento, allá donde caminaba, había algo. Una cosa que en Zolaris se llama el Vacío Gris. Y como Strix ya no recordaba nada propio, el Vacío Gris pudo entrar en él sin resistencia.

—¿Y dónde está ahora?

—Sigue caminando los túneles. Pero cuando se cruza con un Drak que conoce bien su zona, le quita la memoria del camino. Para tener, por un momento, un mapa que él haya conocido alguna vez. Lo absorbe. Y se va.

—Drika.

—¿Qué?

—¿Tú sabes una cosa rara? Mi abuelo me contaba que muchos túneles de Cavernak — de los que están en los mapas oficiales — tienen pequeñas marcas en las esquinas. Marcas que nadie sabe leer. Decía que las dejaba un Drak antiguo, un explorador que mapeaba muy rápido, y que después otros Drak terminaron los túneles siguiendo esas marcas. ¿Tú crees que las marcas eran de Strix?

Drika se quedó pensando.

—Puede ser. Si era el mejor explorador de su época, es probable. La mitad de Cavernak corre sobre sus mapas inacabados, entonces. Y nadie sabe que son suyos.

Ziggy guardó esa idea en el fondo del estómago. Le pareció triste. Tan triste como las corrientes apagadas que su abuelo le había contado de otros planetas. Strix se había perdido, sí. Pero seguía existiendo en cada túnel que algún Drak había podido terminar gracias a sus marcas.

A las pocas horas, Ziggy y Drika sintieron una corriente fría en la galería donde estaban.

Apareció Strix.

Era un Drak alto, mayor, sin mochila ni linterna. Sus escamas eran tan opacas que casi parecían piedra. Los ojos, amarillos pero apagados, como faroles ya viejos.

—Niño que se mete —dijo Strix, en una voz que parecía tener eco aunque no debía—. Tú conoces muchos túneles que no son tuyos. Tienes muchos mapas en la cabeza. Préstamelos. Solo un ratito.

Ziggy sintió que algo dentro de él tiraba para fuera. No el cuerpo. Algo más profundo. Los recuerdos de los túneles que había aprendido. Empezaban a desdibujarse.

Por primera vez en su vida, Ziggy lo entendió: la regla existía exactamente por esto.



CAPÍTULO 5

LA CAVERNA QUE NADIE DEBE ABRIR

Cap 5 — La Caverna Sellada
Cap 5 — La Caverna Sellada

Ziggy tenía dos opciones.

Opción uno: defenderse. Aguantar. Esperar a que Strix se cansara. Pero todos los Drak adultos lo habían intentado y a todos les había quitado los recuerdos.

Opción dos: hacer lo que solo él sabía hacer.

Recordar todos los túneles que se había aprendido. Incluyendo aquellos que nadie quería que aprendiera.

Y guiar a Strix a uno en concreto.

Ziggy se acordó de lo que Gronak el Viejo le había contado. La Caverna Sellada.

Sin pensarlo dos veces, encendió la linterna del abuelo — la que cuesta encender, la que tenía esos brillos especiales — y empezó a correr. Por túneles que conocía. Por galerías que había mapeado en secreto. Por pasadizos que estaban en sus cuadernos pero en ningún mapa oficial.

—¡Sígueme, Strix! —gritó hacia atrás—. ¡Mira cuántos caminos tengo!

Strix lo siguió. Hambriento.

Drika corrió detrás, asustada pero confiando, con su propia linterna a tope.

Pasaron por la galería de los peces que cantan. Por el túnel del techo estrellado. Por el lago de los ecos. Strix se acercaba más con cada túnel, atraído por la cantidad de recuerdos en la cabeza de Ziggy, como un imán al hierro.

Hasta que Ziggy llegó frente a una puerta de piedra inmensa.

La Caverna Sellada.

Tenía marcas talladas en la entrada, marcas tan antiguas que ya no se sabía leerlas.

Ziggy encendió la linterna del abuelo, la apuntó hacia las marcas, y por primera vez en toda su vida, las marcas brillaron.

Como si la linterna y la puerta se reconocieran.

La puerta se abrió.

De dentro salió luz. Luz dorada, cálida, como un atardecer guardado durante siglos en un frasco.

Strix llegó por detrás, ya casi tocando a Ziggy.

Y entonces vio la luz.

Esa luz era la luz de antes de perderse. La luz que él había conocido cuando todavía era un Drak joven con mochila, linterna y familia. Una luz que se acordaba de su nombre completo.

Strix se quedó tieso.

Por primera vez en años, sus escamas tuvieron un parpadeo de color — verde apagado, sí, pero verde de verdad. Sus ojos amarillos se humedecieron un poquito.

—No puedo entrar —dijo, con una voz que ya no parecía la misma—. No me acuerdo del camino.

—No te hace falta el camino —contestó Ziggy, con una calma que no sabía que tenía—. Solo te hace falta acordarte de quién eras.

Strix dudó.

Después dio media vuelta y se metió en un túnel lateral. No huyendo. Pensando.

Y, por una vez en mucho tiempo, no se llevó a nadie.

Ziggy cerró la puerta de la Caverna Sellada, despacio, con respeto. No entró del todo. Solo había mirado.

Dentro, claramente, había algo enorme y luminoso esperando.

Algo que latía como un corazón.

Pero Ziggy entendió que esa caverna no era para abrir solo.

Esa caverna era para abrir con los otros cinco.

Y los otros cinco no estaban en Cavernak.



CAPÍTULO 6

LA LINTERNA DEL ABUELO

Cap 6 — Ziggy ve el cielo
Cap 6 — Ziggy ve el cielo

Cuando Ziggy y Drika salieron de los túneles más profundos, Gronak el Viejo los estaba esperando.

—Encontraste la Caverna —dijo Gronak.

—Sí.

—Y no la abriste del todo.

—No.

—Bien hecho.

Gronak respiró largo. Como si llevara doscientos años aguantando ese aliento.

—Esa caverna no se abre con un Drak. Se abre con seis. Yo lo vi una vez, hace décadas. No supe cómo se llamaban los otros cinco. Pero tú, Ziggy — tú sí los vas a conocer. Te están esperando ya.

—¿Dónde?

—Lejos. Muy lejos. Sigue lo que sientas en el pecho esta noche.

Esa misma noche, Ziggy sintió, por primera vez en su vida, una emoción nueva. No era curiosidad. No era valentía. Era una vibración en la mochila — como si dentro de él tuviera una brújula nueva, apuntando hacia un lugar que no estaba en ningún túnel.

Le venía del cielo.

Cosa rarísima para un Drak que había vivido siempre bajo tierra.

Subió por los pasadizos que llevaban a la superficie — pasadizos que casi ningún Drak usaba — y salió al aire libre. Cavernak desde arriba era marrón rojizo, sí. Pero el cielo, encima, era negro lleno de estrellas.

A Ziggy se le humedecieron los ojos amarillos.

Drika subió con él. Y Gronak, despacio, con bastón.

—Llévate la linterna —dijo Gronak—. Es la que mejor reconoció la Caverna. Tu abuelo sabía algo. Por eso te la dejó. Cuídala.

Drika no dijo nada al principio. Cuando habló, fue corto.

—Llévate también un mapa.

—¿De qué túneles?

—No. Un mapa vacío. Para que dibujes los nuevos.

Ziggy guardó las dos cosas — linterna y cuaderno vacío — en su mochila.

—¿Volverás? —preguntó Drika.

—No lo sé. Pero si vuelvo, te voy a contar todos los túneles que encuentre allá. Aunque sean tuyos.

Drika se rio.

—Ese es el Ziggy que conozco.

Irse de un lugar que exploraste no significa abandonarlo. Significa llevarlo contigo.


CAPÍTULO 7

HAPPY LAND

Cap 7 — Ziggy llega a Zolaris — los 6 reunidos
Cap 7 — Ziggy llega a Zolaris — los 6 reunidos

Ziggy salió de Cavernak con la linterna del abuelo apretada en una pata y la mochila firme en la espalda.

El viaje fue larguísimo, en cierto sentido. Cavernak era un planeta de profundidad, no de altura — atravesar el espacio era casi al revés de lo que él conocía. Pero la señal-emoción lo guiaba sin equivocarse.

Cuando salió de la trayectoria, lo primero que pisó fue lo que más extraño le parecía: techo abierto.

Eso lo desconcertó al principio. ¿Cómo se exploraba un planeta donde todo estaba a la vista? Sin galerías escondidas, sin pasadizos secretos, sin nada que buscar.

Pero entonces los vio.

Cinco criaturas.

Estaban sentadas en una hierba blanda, al borde de un castillo inflable enorme. Una azul eléctrica peluda que rebotaba un poco al respirar. Una verde gelatinosa irregular y bonita. Un robot azul claro con antenas amarillas y la pantalla mostrando una sonrisa enorme. Una criatura morada translúcida de ojos amarillos brillantes que se quedaba visible sin esfuerzo. Y un león dorado con melena de luz y ojos ámbar, que estaba recostado, sin pose de competencia, casi como un Drak descansando entre exploraciones.

—¡El último! —dijo Chomper, levantándose de un salto.

—Te esperábamos —dijo Goop, sin moverse, con sus tres ojos enfocados.

—Calculé tu llegada con tres minutos de margen —dijo Pixbot, orgulloso.

Wisp inclinó la cabeza en saludo, completamente visible.

Blaze le sonrió desde la hierba, sin levantarse, como Roko le había enseñado a saludar.

Ziggy se acercó despacio. Por costumbre, encendió la linterna del abuelo — no porque hiciera falta, había luz de sobra. La encendió porque era su manera de presentarse.

—Yo soy Ziggy. Soy explorador. Llevo mochila. Y traigo... — sacó del bolsillo el cuaderno vacío que le había dado Drika — ... un mapa vacío. Por si hay que dibujar caminos nuevos.

Los cinco lo miraron.

Y Chomper, que era el más entusiasta de todos, dijo con la boca enorme abierta de pura alegría:

—¡Mapa vacío! ¡Mapa para los seis!

Por primera vez en su vida, Ziggy se sintió en su lugar.

No bajo tierra.

No solo.

No metiéndose donde no lo llamaban.

Donde lo llamaban, exactamente.


En Cavernak, después de que Ziggy se fue, pasó algo que no había pasado nunca.

Drika empezó a meterse en los túneles de otros Drak. No por entrometida. Para llevarles cosas — agua, comida, mapas — a los exploradores que se quedaban atrapados o agotados. Y los Drak adultos, en lugar de regañarla, le dieron un nombre nuevo:

la que vuelve a buscar.

Es lo que dicen ahora cuando alguien hace algo parecido. Y todos saben, sin decirlo en voz alta, que esa expresión empezó con un pequeño cocodrilo verde que se metía donde no lo llamaban.

Y que ahora, en algún lugar entre las estrellas, sigue metiéndose.


Próximamente...

LIBRO 7

ZOLARIS — LA GRAN BATALLA

*Los seis están reunidos. Los seis villanos vienen.

El Vacío Gris avanza. Y en el centro de la galaxia,

algo que esperaba desde antes del tiempo

por fin va a contar su historia.*


Universo Zolaris · Libro 7
Portada ZOLARIS

ZOLARIS

La Gran Batalla

Planeta Zolaris
PRÓLOGO

LAS SEIS PISTAS

Cap 1 — El Vacío Gris avanza
Cap 1 — El Vacío Gris avanza

En un planeta de pura energía, una vez, una risa enorme hizo retroceder a una sombra.

En un océano sin tierra firme, una criatura verde dejó de cambiar y se encontró por primera vez.

En un planeta-red de cuadrículas luminosas, un robot leyó con el corazón un archivo que nadie había podido leer con la cabeza.

En un planeta de eterna penumbra, alguien que parpadeaba entre dos estados abrió una puerta que llevaba mil años cerrada.

En un planeta-competición de pistas doradas, un campeón cruzó la meta pensando en quién lo esperaba al final.

Y bajo tierra, en un sistema infinito de túneles, un pequeño explorador encontró una caverna que no se podía abrir solo.

Cada uno pensó, durante un tiempo, que su don era un defecto.

Cada uno descubrió, en su batalla, que el defecto era exactamente lo que el universo necesitaba.

Cada uno sintió, después de su victoria, un anhelo nuevo.

Cada uno siguió esa señal hasta llegar a un mismo planeta — un planeta pequeño, lleno de toboganes y castillos inflables, donde un cielo de varios colores nunca terminaba de decidirse.

Se llama Zolaris.

Y ahí, por primera vez en la historia de la galaxia, los seis estaban juntos.



CAPÍTULO 1

EL VACÍO GRIS AVANZA

Cap 2 — Los 6 en círculo
Cap 2 — Los 6 en círculo

Llevaban tres días en Zolaris cuando Pixbot dijo algo que les heló a todos.

—Mis sensores están registrando un patrón.

Pixbot proyectó en el aire — los Kronik podían hacer eso si querían — un pequeño mapa de la galaxia. Seis planetas alrededor de Zolaris. Ignarok azul. Aquoris verde. Nexoria celeste. Umbralith violeta. Auralvyn dorado. Cavernak esmeralda.

—¿Lo veis?

—Veo nuestros planetas —dijo Chomper, masticando una flor inflable que le habían regalado al llegar.

—Mira más despacio —dijo Pixbot.

Y entonces lo notaron.

Los seis planetas estaban un poquito más pálidos que en los registros antiguos del archivo de Pixbot. No mucho. Pero los colores estaban más apagados. Como si algo, muy despacio, los estuviera gastando.

—Pixbot —dijo Goop, sin moverse de su forma irregular—. ¿Qué los está gastando?

Pixbot no contestó al principio. Cambió la imagen. Mostró otra cosa: el espacio entre los planetas. Y en ese espacio, casi invisible, una mancha gris avanzaba. Sin prisa. Sin ruido. Pero avanzaba.

—Eso —dijo Pixbot— se llama el Vacío Gris. Es lo que corrompió a nuestros seis villanos, hace mucho tiempo. Pero los seis villanos eran las gotas. Esto es el océano.

Wisp se hizo más visible, lo cual le pasaba cuando algo le preocupaba.

—¿Y qué quiere?

—No quiere — corrigió Goop—. Es. Es ausencia. Y la ausencia no quiere; se extiende donde hay menos de algo. Y nuestros planetas, ahora mismo, tienen menos de nosotros.

Blaze se incorporó.

—¿Y qué hacemos?

Ziggy sacó la linterna del abuelo. La encendió.

—Yo conozco un sitio —dijo—. Pero no se abre solo.



CAPÍTULO 2

REUNIÓN EN HAPPY LAND

Cap 3 — El Corazón de Zolaris habla
Cap 3 — El Corazón de Zolaris habla

Se sentaron en círculo, en la plaza central de Zolaris, donde los toboganes se cruzaban en lo alto formando una especie de techo de colores.

Ziggy les contó.

—En mi planeta hay una caverna. Llevaba siglos sellada. Mi abuelo, antes de morir, me dejó una linterna que la reconoce. Cuando casi la abrí yo solo, vi adentro algo. Algo enorme. Algo luminoso. Algo que latía. Pero entendí, al verlo, que esa caverna no se abre con un Drak. Se abre con seis.

—¿Por qué con seis? —preguntó Chomper.

Goop contestó antes que nadie:

—Yo encontré en el fondo de mi océano una caja. Con marcas que no eran de Aquoris. Tampoco pude abrirla sola. Algo en mí sabía que era para los seis.

Pixbot dijo:

—Yo leí en Nexoria un archivo cuya fecha era anterior a la galaxia. El archivo no se podía leer con cálculos. Se podía leer sintiendo. Pude leer mucho, pero no todo: en medio del archivo había un fragmento que decía que para leerlo entero hacían falta seis módulos. Cinco en otros planetas. Uno aquí. El mío.

Wisp se materializó del todo.

—Yo abrí una Puerta Sin Nombre en Umbralith. Necesité parpadear treinta veces en el mismo punto. La Puerta dejó entrar luz. Y Lumielle, que es la guardiana, me dijo justo antes de partir que cuando se abrió la mía, ella sintió otras cinco. En otros planetas. Como hermanas de la mía. Esperando.

Blaze:

—En Auralvyn no tenemos puerta ni caja ni archivo. Pero hay un árbol en el centro de la pista del Sol Doble. El Árbol de los Siglos. Tiene seis nombres tallados en el tronco, en un idioma que nadie sabe leer. Yo sé que uno es el mío — me lo dijo el corazón, no la cabeza. Los otros cinco están ahí, esperando que se enciendan.

Chomper:

—Y yo... yo no sé si tengo puerta, caja o árbol. Pero cuando vencí a Grakk, le dije una frase sin saber por qué se la decía. Le dije: «los recuerdos no son energía, son algo más». Hasta hoy no sabía qué quería decir.

Se hizo un silencio. Y entonces, en el centro del círculo, algo apareció.

No era humo. No era luz. Era... una voz que también era una imagen.

Una voz dorada, hecha de todos los colores a la vez.

—Hola, mis seis —dijo la voz.

Y todos supieron, al mismo tiempo y sin necesidad de explicación, que estaban hablando con el Corazón de Zolaris.



CAPÍTULO 3

EL CORAZÓN HABLA

Cap 4 — La gran batalla, primera parte
Cap 4 — La gran batalla, primera parte

—Los conocí antes de que nacieran.

La voz no salía de un punto concreto. Salía de todo a la vez, como si Zolaris entero fuera la boca.

—Cuando hice la galaxia, hace muchísimo tiempo, hice también algo más. Hice seis defectos. Los puse, uno en cada planeta, como semillas. Sabía que algún día iban a hacer falta. Pero no sabía cuándo. Solo sabía que cuando hicieran falta, alguien iba a nacer con cada uno.

—¿Nosotros? —preguntó Goop, sin moverse.

—Vosotros.

Hizo una pausa. La luz vibró un poco, como si estuviera buscando las palabras justas.

El Corazón se quedó un rato callado. No era un silencio incómodo. Era el silencio de alguien que está buscando cómo decir algo importante sin que suene a lección.

Después, en lugar de hablar, mostró imágenes.

Mostró a Chomper, recién nacido, soltando su primera carcajada en Ignarok. La carcajada hacía vibrar todas las corrientes a su alrededor. «Te necesitaba ruidoso», dijo el Corazón, sin más comentario. Y la imagen se desvaneció.

Mostró a Goop, también pequeña, intentando ser una flor de coral y volviéndose en su lugar tres formas distintas en un segundo. «Te necesitaba inestable.»

Mostró a Pixbot — recién hecho — con la pantalla mostrando una carita amarilla sorprendida. Un técnico de Nexoria estaba intentando borrarle el módulo. No lo conseguía. «Te necesitaba sensible.»

Mostró a Wisp parpadeando entre visible e invisible en su cuna, sin que nadie la pudiera dormir. «Te necesitaba escurridiza.»

Mostró a Blaze cruzando su primera meta de juguete, con seis meses de edad, llorando porque nadie había mirado. «Te necesitaba competitivo. Pero también te necesitaba sabiendo que correr solo duele.»

Mostró a Ziggy de bebé, escapándose de su cuna a explorar un túnel que sus padres ni sabían que existía. «Te necesitaba curioso. Demasiado.»

Las imágenes se apagaron.

Pixbot fue el primero en hablar.

—¿Por qué no nos lo dijiste antes?

—Porque un don que sabes que es don no es don todavía. Es solo un truco. Tenían que descubrirlo cada uno por su lado. Tenían que sufrir lo suficiente con él como para entender que la única manera de vencerlo era dejar de pelear contra él. Si se los hubiera dicho antes, no habrían estado listos para esto.

Pixbot levantó la mano (pequeña, mecánica).

—¿Para qué exactamente estamos listos?

El Corazón mostró una imagen en el aire.

Era el Vacío Gris.

Pero no como Pixbot lo había visto desde lejos. De cerca. Muy de cerca. Era enorme. Estaba comiéndose una de las constelaciones del borde. Avanzaba hacia ellos. Llegaría a Zolaris en pocos días.

—Para esto.



CAPÍTULO 4

LA BATALLA, PRIMERA PARTE

Cap 5 — La gran batalla, segunda parte
Cap 5 — La gran batalla, segunda parte

El Corazón les explicó el plan.

—El Vacío Gris no es un enemigo que se destruye. Es ausencia. La única manera de derrotar la ausencia es llenarla.

—¿Con qué? —preguntó Goop.

—Con lo que cada uno de ustedes aprendió.

—Pero no podemos enfrentarnos los seis al Vacío entero. Es demasiado.

—No vais a enfrentar el Vacío entero. Vais a enfrentar a los seis villanos.

—Los villanos están vencidos —dijo Blaze—. Cada uno los venció en su libro.

—Vencidos, sí. Pero no liberados. Siguen atrapados en el Vacío. Cuando llegue aquí, los traerá con él. Como sus seis bocas. Y cada uno de ustedes tendrá que enfrentarse al suyo otra vez. Pero esta vez no para vencerlo. Para devolverle lo que perdió.

Y así fue.

El Vacío llegó. Una mancha gris enorme rodeando Zolaris entero. Y de él salieron seis figuras conocidas.

Grakk apareció frente a Chomper. Más alto. Más oscuro. Pero los bordes ya no eran del todo difusos.

Vorax se le formó delante a Goop. Una mancha gris-verde tratando de tomar formas.

Null se materializó como estática delante de Pixbot.

Umbros apareció en el reflejo de un charco, hacia Wisp.

Kravon, sin melena, se paró delante de Blaze.

Strix, sin mochila ni linterna, ante Ziggy.

Y todos al mismo tiempo, los seis villanos abrieron lo que serían bocas y dijeron una misma frase:

—Esta vez no nos vencerán.

Chomper miró a Grakk. Y en lugar de reír — su defensa de la primera vez — hizo algo distinto.

Se sentó en la hierba blanda. Y le habló como quien le habla a un primo que llevaba siglos sin ver.

—Oye. Tengo una pregunta. ¿Te acuerdas de la tormenta de doscientos años atrás, esa que estuvo a punto de partir Ignarok en dos? Tú la paraste. Tú solo. Respirando despacio, como te enseñaron de chico. Los Gnarak todavía cuentan esa historia. La cuentan así, mira: «Hubo una vez un Gnarak tan fuerte que detuvo el cielo con la respiración.» Sale en los libros de los pequeños. Es la primera historia que les leen.

Chomper se calló un segundo. Después agregó, casi en susurro:

—Esa historia eres tú, Grakk. ¿Cómo se te olvidó?

Grakk se quedó congelado.

Goop miró a Vorax.

—No vengo a no dejarme absorber — dijo, calmada—. Vengo a contarte algo que ningún Flurk se atrevió a decirte mientras estabas entre nosotros. Tú eras famoso por talentoso. Por copiar a cualquiera. Por imitar perfecto. Pero yo creo que, debajo del talento, había algo más callado. Eras tímido. Por eso al principio imitabas — porque no te atrevías a hablar con tu voz pequeña. Y como las imitaciones te salieron tan bien, dejaste de practicar la tuya. Te quedaste sin saber cómo sonabas tú. Y esa, Vorax, era la voz que más valía la pena.

Vorax dejó de tomar formas.

Pixbot miró a Null.

—Tú borraste recuerdos para llenar los tuyos perdidos. Pero los recuerdos no se llenan con recuerdos ajenos. Se llenan cuando alguien te vuelve a recordar. Yo te recuerdo. He leído tu archivo, Null. Eras el mejor archivista que tuvo Nexoria. Y borrabas para que el sistema corriera más rápido para otros. Eso es lo que hacías. Eras generoso. No te perdiste por egoísta. Te perdiste por no parar.

Null parpadeó. Una vez. Dos. Por un segundo, su pantalla fue una pantalla de Kronik normal otra vez.



CAPÍTULO 5

LA BATALLA, SEGUNDA PARTE

Cap 6 — El Vacío que se llena
Cap 6 — El Vacío que se llena

Wisp no habló.

Hizo algo más raro. Cerró los ojos y le mandó a Umbros — telepáticamente, como hablan los Lumbrak — una imagen. La imagen de un Lumbrak joven jugando a aparecer y desaparecer, con otros Lumbrak alrededor riéndose. Era una imagen tan vieja que Umbros casi la había olvidado. Era él. Era él antes.

Después le mandó una segunda imagen. Umbros otra vez, pero esta vez viejo, mirando a través de una ventana del tiempo a los Lumbrak de Umbralith aprendiendo a aparecer y desaparecer con calma — porque alguien, hace mucho, había sido el primero en intentarlo. Y ese alguien era él.

«No estás solo», le dijo Wisp, finalmente, con pensamiento. «Solo te alejaste. Te necesitamos como antepasado, no como sombra.»

Umbros, por primera vez en mil años, dejó escapar algo que parecía aire.

Blaze miró a Kravon.

—Tú perdiste tu melena por dejar de celebrar. Pero yo me acabo de enterar de algo, Kravon. Hace doscientos años ganaste la Carrera del Sol Doble. ¿Sabes cuántos Gravar jóvenes se inscribieron en su primera carrera ese año, porque te vieron a ti? Trescientos. Lo sé porque está en los registros. Esos trescientos tuvieron hijos, y nietos, y bisnietos que también compitieron. La mitad de Auralvyn corre carreras porque tú las hiciste bonitas alguna vez. Eso te lo debe el planeta entero. ¿Lo sabías?

Kravon se quedó tieso. Una luz tenue, dorada, intentó volver a su melena. No lo logró del todo. Pero estaba luchando.

Ziggy miró a Strix.

—Tú te perdiste mapeando con prisa. Pero hay algo que nadie te dijo, Strix. Los túneles que mapeaste con prisa, los siguientes Drak los terminaron. Porque tú dejaste pistas. Marcas que nadie supo leer hasta décadas después. La mitad de los túneles oficiales de Cavernak son tuyos. Llevan tu firma. Solo que como te perdiste, nadie sabe que son tuyos. Pero los túneles sí saben. Yo los he visto. He recorrido tus marcas.

Y entonces, los seis villanos a la vez, hicieron algo que en mil años nunca habían hecho.

Se acordaron.

Grakk se acordó de estabilizar tormentas. Vorax se acordó de su voz pequeñita. Null se acordó de borrar basura para que otros corrieran rápido. Umbros se acordó de ser visto. Kravon se acordó de la cara de los chicos jóvenes mirándolo en su primera carrera. Strix se acordó de marcar el camino para los que venían detrás.

Y cuando un villano se acuerda de algo bonito que hizo alguna vez, el Vacío Gris no puede sostenerlo más.

Los seis villanos empezaron a brillar.

No mucho. Apenas un poquito. Como velas pequeñas en una sala enorme.

Pero el Vacío Gris se retiró un milímetro.

Un milímetro.

Y para algo que es ausencia, un milímetro de retroceso es todo.

—¡Sigan! —gritó el Corazón—. ¡No los vencen! ¡Los llenan!

Chomper se rio. Y esta vez, su risa no fue arma. Fue invitación. Una risa que decía vente para acá, hay sitio. Grakk se acercó. Sus bordes se volvieron menos grises.

Goop dejó de cambiar. Se quedó completamente quieta, en su forma irregular y bonita. Vorax intentó tomar esa forma. No para robarla. Para probarla. Para acordarse de tener forma propia. Y por un instante lo logró.

Pixbot puso una pantalla amarilla brillantísima y proyectó al aire los recuerdos del archivo antiguo, los paisajes nunca vistos. Null los leyó. Y al leerlos, algo dentro de él recordó su propia primera ilusión.

Wisp se materializó por completo y le dijo a Umbros, sin esconderse: «mira, así se está en un solo estado, no es tan malo, te enseño». Umbros lo miró con curiosidad de niño, no de monstruo.

Blaze llamó a Kravon a la carrera más rara que nadie había visto en Auralvyn: una carrera sin meta, sin público, solo los dos corriendo juntos en una hierba blanda. Y al principio Kravon no entendía. Después, despacio, su melena prendió un poquito.

Ziggy abrió la linterna del abuelo y le mostró a Strix un mapa vacío. «Empezamos de nuevo. Tú y yo. Sin prisa. Te enseño a mapear con paciencia.» Strix miró el mapa vacío y por primera vez en muchísimos años, no quiso quitarle nada a nadie.



CAPÍTULO 6

EL VACÍO QUE SE LLENA

Epílogo — El tobogán de los 12
Epílogo — El tobogán de los 12

El Vacío Gris no fue derrotado en un golpe.

Se fue retirando despacio. Como agua que vuelve al mar después de una marea. Cuanto más se llenaban los seis villanos de su propia historia recuperada, menos espacio quedaba para la ausencia.

Tardó horas.

Quizá tardó más. Nadie llevó la cuenta.

Cuando el Vacío Gris se hubo retirado del todo — a los bordes lejanos de Zolaris, donde aún esperaba pero ya no avanzaba — los seis villanos se quedaron en el centro de Zolaris. Restaurados.

Grakk era otra vez un Gnarak. Alto, antiguo, azul oscuro, pero con los bordes claros y los ojos en tentáculos atentos.

Vorax era una pequeña gota verde clara, tímida, con dos ojos en tallos. Su forma propia.

Null era un Kronik con la pantalla limpia, mostrando una carita seria pero presente.

Umbros era un Lumbrak nítido por una vez. Translúcido pero entero.

Kravon era un Gravar mayor con la melena dorada — apagada, sí, no fulgurante, pero encendida.

Strix era un Drak con mochila y linterna. La linterna tardó en encenderse. Pero encendió.

Los seis miraron a los seis.

Y los seis héroes, sin haberlo planeado, hicieron al mismo tiempo lo que cada uno había aprendido a hacer en su libro.

Chomper rio (sin destruir nada).

Goop se quedó quieta.

Pixbot puso una pantalla rosa.

Wisp se quedó completamente visible.

Blaze se recostó en la hierba sin pose de victoria.

Ziggy encendió la linterna del abuelo.

Y el Corazón de Zolaris, viéndolos a los doce, dijo una sola frase:

—Esto era lo que faltaba en el universo. Doce. No seis luchando contra seis. Doce viéndose, por fin.



EPÍLOGO

EL TOBOGÁN

Cuando todo terminó, el silencio fue raro.

No era un silencio vacío. Era un silencio lleno. Como cuando una canción termina y todavía suena en la cabeza.

Chomper fue el primero en moverse.

Miró a sus cinco amigos. Después miró a los seis recién liberados. Después miró el tobogán más grande de Zolaris — uno que tenía toda la altura del cielo y bajaba en espiral hasta el suelo.

—¿Quién quiere tirarse primero? —preguntó.

Goop se rio (con sus tres ojos). Pixbot calculó algo y proyectó «bajada estimada: 7 segundos. probabilidad de diversión: máxima». Wisp inclinó la cabeza, completamente visible. Blaze ya estaba corriendo hacia las escaleras. Ziggy buscaba en su mochila si tenía algo para mapear la bajada (no tenía, mejor).

Grakk miró el tobogán. Llevaba siglos sin tirarse a nada. Vorax se acercó al pie del tobogán tímidamente. Null calculó dos veces si era seguro (lo era). Umbros se hizo más visible para mirar mejor. Kravon, por costumbre, se preguntó si era una carrera (no lo era, mejor). Strix se preguntó cómo se mapeaba un tobogán (no se mapeaba, mejor).

—Vengan ya —dijo Chomper, agitando los tentáculos de los ojos—. El universo puede esperar un momento más.

Y los doce subieron.

Cuando se tiraron — los seis héroes adelante, los seis recién liberados detrás — el tobogán se llenó de risas, de chispas azules, de gotas verdes, de proyecciones rosas, de niebla violeta, de chispas doradas y de la luz dorada de una linterna antigua que por primera vez en muchísimo tiempo, brillaba sin temblar.

Bajaron juntos.

Y al llegar al suelo, doce, se quedaron un rato sin hablar.

No necesitaban palabras.

El universo había estado pidiendo eso, en realidad, desde el principio.

Que se vieran, por fin.


Aprendieron, los doce, que ningún defecto es solo un defecto.

Que nadie está perdido para siempre — solo perdido hasta que alguien se acuerda de quién era.

Y que la mejor manera de llenar un vacío del universo no es luchar contra él, sino acordarse, juntos, de todo lo que cabía dentro.



Fin de la saga

Las ilustraciones interiores aquí mostradas son la versión actual generada para preview.
Pendiente: corrección de estilo profesional + maquetación final.


EDITORIAL HAPPY LAND · GUAYAQUIL · 2026